El aumento de la vigilancia policial en India no es la respuesta a la Covid-19

El comportamiento reciente de la policía en India obliga a preguntarse: ¿es necesario y adecuado tener un enfoque punitivo a la crisis sanitaria?



Divyakant Solanki/EFE/EPA


El pico reciente de los excesos de la policía en las calles de India desde la cuarentena, declarada hace casi un mes por la Covid-19, genera preguntas clave en torno a la labor policial en India. El aspecto más palpable es el deterioro de las relaciones entre policías y civiles y la abyecta falta de confianza en la vigilancia policial democrática. Aunque es común que la policía india haga una sobrevigilancia y tenga una aproximación penal a la mayoría de los casos, en momentos como este es importante hacer una vigilancia con compasión y empatía, que utilice métodos no violentos para construir confianza y asegurar el cumplimiento. Es probable que la presión por entregar resultados, junto con el hecho de estar saturados, sin buenos salarios y bajo un estrés severo, vaya a exacerbar el uso de la violencia policial durante una crisis de esta naturaleza.

Incluso quienes trabajan en las primeras filas no se han salvado, pues varios trabajadores sanitarios, surtidores y vendedores de bienes esenciales, así como agentes de servicios de mensajería, han sido acosados por la policía mientras realizaban sus trabajos. La situación también puso en riesgo los suministros de bienes y servicios esenciales al principio de la cuarentena. La falta de directrices claras para la policía en materia de qué está permitido durante la cuarentena, junto con la falta aparente de instrucciones de cómo lidiar con las confusiones y ansiedades de las personas de manera más humana, parecen haber causado esta situación.

Y aunque pareciera que la policía estuviera ejerciendo un uso desproporcionado de su fuerza contra todas las personas, los sectores más vulnerables de la sociedad, como siempre, se llevan la peor parte, lo cual refuerza y expone las grietas sociales existentes. Noticias como la de la brutal golpiza de las mujeres adivasi (indígenas tribales) en Assam, que llevaban vegetales y leña a sus casas, a manos de policías rabiosos o el relato perturbador de los más de 40 policías que rastrearon a un grupo de adolescentes dalit en Gujarat para arrestar y golpearlos por ir al mercado, exponen una realidad deslumbrante. El uso de leyes como la Ley de Manejo de Desastres de 2005 o la Ley de Enfermedades y Epidemias de 1897, cuyas violaciones pueden ser castigadas con cárcel, hacen que la situación sea más difícil para los grupos marginados que a menudo no tienen el lujo de poderse quedar en casa.

En momentos como este es importante hacer una vigilancia con compasión y empatía.

Al recibir una avalancha de críticas en relación con los excesos de la policía durante la cuarentena, varios uniformados sénior y jefes de policía alrededor del país negaron rápidamente su responsabilidad o condenaron esos actos como responsibilidad de sus subordinados, e incluso algunos despidieron a los policías involucrados. Sin embargo, en la mayoría de casos, la violencia policial contra ciudadanos no ha pasado de tener consecuencias menores. La policía e incluso algunos representantes electos en varios estados no sólo aprobaron, sino que en algunos casos también recompensaron, el uso de fuerza bruta contra los ciudadanos del país. Un legislador en Uttar Pradesh, por ejemplo, estableció una recompensa para los policías que dispararan contra quienes violen el toque de queda, e incluso se ofreció a escribirle al Gobierno para que los ascendieran.

Quizás India tiene un problema a lo “Dirty Harry” en el que la policía ha internalizado la noción de que los fines buenos y necesarios sólo pueden alcanzarse a través de medios “sucios”; es decir, que los métodos violentos e inhumanos son necesarios para mantener el orden público, y en este caso para mantener a raya al coronavirus.

Sin embargo, esta no es la única situación en la que la policía utiliza estos métodos tan desproporcionados; la vigilancia policial india ha institucionalizado el uso de métodos brutales para lo que perciben es el “bien mayor”. La tortura y la violencia son una parte ordinaria de las herramientas policiales en India, que se usa de varias maneras para “investigar”, castigar y prevenir y controlar el crimen. La policía india tiene las manos sucias, que de forma irónica se están ensuciando aún más en estos momentos de la crisis por el coronavirus.

Aunque no hay un villano en la emergencia de la Covid-19, es preocupante que la policía en India recurra a convertir a las personas ordinarias en villanos.

Esta caracterización del comportamiento de la policía proviene de Dirty Harry, un policía ficticio interpretado por Clint Eastwood en la serie de películas del mismo nombre en los setentas y ochentas. Fue utilizada por primera vez por Carl Klockars, un académico estadounidense de ética y justicia. La idea de justicia de ese personaje estaba caracterizada por tener métodos violentos y cuestionables para alcanzarla. Con los años, hemos visto imágenes de policías violentos y que hablan rápido en el cine y la televisión, tanto en India como en el extranjero. Junto con los problemas estructurales y el legado colonial de la vigilancia policial en India, esta es quizá otra razón importante para que el público confíe en la violencia policial como un método de control del crimen y el mantenimiento del orden en el mundo precorona, así como la poca demanda pública por tener vigilancia policial democrática.

Pero ahora, más que nunca, los activistas y gobiernos deben recordar los Principios de la Vigilancia Policial de Peelian, de 1829, en el que el Principio 6 reza:

 “La policía debe usar la fuerza física del modo que sea necesario para asegurar el cumplimiento de la ley o restaurar el orden sólo cuando se encuentre que el ejercicio de persuasión, consejo y advertencia es insuficiente para alcanzar los objetivos de la policía…” (énfasis propio).

Los principios de Peelian son también la fuente del modelo ampliamente conocido como “vigilancia policial por consentimiento”, que se apoya en el uso mínimo de la fuerza y en un enfoque de servicio para vigilar al público. La penalización de los movimientos de las personas en público y la caracterización de una supuesta ruptura y violación de la cuarentena obliga a preguntarse: ¿es necesario y adecuado el enfoque punitivo a la crisis sanitaria? ¿Por qué el Estado ha recurrido al uso de penas severas y a la amenaza de incurrir en acciones legales para los tipos de comportamiento más inocentes y humanos durante una crisis de esta naturaleza?

Adicionalmente, la amplia falta de mecanismos robustos de rendición de cuentas y el terrible récord de India en asegurar que las víctimas de violencia policial obtengan justicia no presagian un buen futuro para la vigilancia policial democrática en el país. Es crucial que la fuerza policial india permita volverse sujeto de mecanismos de supervisión, tanto legales como civiles, para que se pueda reconstruir la confianza pública.

Aunque no hay un villano en la emergencia de la Covid-19, es preocupante que la policía en India recurra a convertir a las personas ordinarias en villanos. La aprobación tácita de la población india de esta violencia “necesaria” en momentos de calma relativa ha conllevado a, de manera literal y figurada, golpearnos en estos momentos de peligro. Los indios han sido cooptados a través del miedo y la ansiedad, no por medio de la confianza y el entendimiento mutuo, y esto de nuevo es un recordatorio sombrío del quiebre del Estado de derecho en India.

 

ORIGINALLY PUBLISHED: May 12, 2020

Urmila Pullat es abogada e investigadora independiente.

Roohi Huma es abogada y emprendedora social.


 

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