Las negociaciones sobre cambio climático deben centrarse en los más vulnerables: los niños del mundo

En todo el mundo, los climas más extremos y el cambio climático están desplazando a las poblaciones más vulnerables, incluidos los niños. Sin embargo, no se está haciendo lo suficiente para defender sus derechos humanos.


By: Alice Thomas
November 1, 2017

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En noviembre, se celebrará una reunión de países en Bonn, Alemania, para las negociaciones internacionales sobre el cambio climático. Después de la reunión del año pasado, los gobiernos se han visto obligados a dejar de concentrarse en analizar las proyecciones futuras sobre el cambio climático para apresurarse a responder a sus muy reales e importantes impactos humanos en casa.  Tanto en los países ricos como en los pobres, las temperaturas más extremas y los desastres relacionados con el clima están teniendo profundas repercusiones para los derechos humanos de millones de personas, como el desplazamiento forzoso, la devastación de los medios de subsistencia, el acceso insuficiente a los alimentos y el agua no contaminada, e incluso la muerte. Peor aún, los más vulnerables, especialmente los niños, son los más afectados.

"Los niños, en particular los niños desplazados y migrantes, son de los más expuestos a los efectos negativos del cambio climático.'

Recientemente, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU reconoció que los niños, en particular los niños desplazados y migrantes, son de los más expuestos a los efectos negativos del cambio climático. En su resolución, reconoció que las condiciones climáticas más extremas y otros efectos negativos del cambio climático amenazan con debilitar gravemente los derechos humanos de los niños. Estos incluyen su disfrute del nivel más alto posible de salud física y mental, el acceso a la educación, la alimentación adecuada, la vivienda digna, el agua potable y el saneamiento.

En mi propio trabajo de campo con Refugees International durante el último año, fui testigo de algunas de las formas en que los niños experimentan el cambio climático, especialmente en países pobres, frágiles y plagados de conflictos, que son los menos responsables de la crisis climática. En julio, viajamos a Somalia, donde cerca de 900,000 personas han sido desplazadas desde noviembre de 2016 debido a una sequía severa y prolongada que ha llevado al país al borde de la hambruna. En las últimas tres décadas, el Cuerno de África ha experimentado temperaturas más altas y una reducción persistente de la precipitación. Estos cambios en el sistema climático, que se han asociado con el cambio climático provocado por el hombre, están teniendo un efecto profundo e irreversible en los medios de subsistencia de las empobrecidas poblaciones rurales de Somalia que dependen en gran medida de la lluvia para sobrevivir.  En la actualidad, algunas zonas afectadas por la sequía están experimentando los niveles de lluvia más bajos de los últimos 36 años.

Muchas familias afectadas por la sequía se han trasladado en masa a las ciudades para tener acceso a alimentos, agua, refugio y seguridad. Las tasas de desnutrición son extremadamente elevadas en muchos de los campamentos de desplazados, especialmente entre los niños, lo que suele causar daños irreversibles a su bienestar físico, mental y emocional, como retrasos en el crecimiento, capacidades cognitivas deterioradas o con desarrollo tardío y niveles graves de angustia emocional. La desnutrición, combinada con la falta de agua potable y saneamiento, también deja a los niños desplazados muy vulnerables a enfermedades como el cólera, que se ha propagado sin control en muchos de los campamentos. Ninguno de los campamentos que visitamos tenía escuelas.  

Refugees International (All Rights Reserved). 

Hurricane Matthew-affected children in Saint-Jean-du-Sud, Haiti.


En un campamento de desplazados en Mogadishu, conocí a una madre joven con tres hijos pequeños que huyó de su aldea rural después de que una tercera temporada sin lluvias aniquilara a sus últimos animales. Ella y sus hijos habían llegado solo unos días antes, después de haber caminado durante días hasta llegar a un pueblo donde consiguieron que los llevaran en un vehículo. “Vi morir a mis animales”, dijo la madre. “Incluso vi morir a otras personas... Esta sequía es la peor que hemos visto, peor incluso que en 2011”. La sequía y la hambruna a las que se refería mataron a 250,000 personas, la mitad de ellas niños, muchos de los cuales murieron mientras huían. “¡Mira la mano de mi hija!”, insistió mientras presionaba su pulgar firmemente en la piel de la bebé. Cuando lo quitó, la depresión permaneció por varios segundos: una señal de desnutrición. Su hija de 18 meses de edad, débil por la falta de comida, me miraba con ojos apagados.

Los efectos de los desastres relacionados con el clima sobre los derechos humanos de los niños se manifiestan también de otras maneras. A principios de este año, viajé al sudoeste de Haití donde, a finales de 2016, el huracán Matthew tocó tierra después de tres años de sequía. Los vientos de 150 millas por hora de Matthew, un huracán de categoría 4, fueron demasiado para las familias empobrecidas del país: arrasaron con sus casas, hechas de madera y barro, dejando a decenas de miles de personas sin hogar. En julio de 2017, 1.7 millones de personas aún necesitaban ayuda alimentaria con urgencia, y había 140,000 niños desnutridos.

Una estrategia que utilizan con frecuencia las familias haitianas pobres para sobrellevar los momentos de crisis es enviar a los niños a vivir lejos de casa, con parientes, conocidos o incluso con personas desconocidas en hogares de crianza, a fin de que puedan tener comida y resguardo. Pero separar a los niños de sus familias aumenta el riesgo de explotación y abuso infantil, incluida la trata. Conocí a un trabajador humanitario en Grand Sud, una de las zonas más afectadas, quien me dijo que tan solo unos días antes una mujer se había acercado a él en la calle y, aunque era un total desconocido, le había rogado que se llevara a su hija.

Además, si bien se reconoce que las niñas (y las mujeres) desplazadas corren un mayor riesgo de experimentar violencia de género, incluida la explotación y el abuso sexuales, resulta alarmante que ni en Somalia ni en Haití se aborden muchos de estos riesgos de manera adecuada. Trágicamente, es frecuente que no se dediquen ni los fondos ni la atención adecuados a la protección de las niñas y las mujeres desplazadas durante los desastres y los conflictos.

Tampoco hay políticas migratorias ni protecciones humanitarias internacionales suficientes para resguardar a los niños que se ven obligados a abandonar sus países por completo debido a desastres y otros efectos adversos relacionados con el clima. Por ejemplo, en Estados Unidos, el gobierno de Trump decidió en fechas recientes no ampliar la protección temporal a los más de 58,000 hombres, mujeres y niños haitianos a los que se les otorgó el estatus de protección temporal (Temporary Protection Status, TPS) después del terremoto de 2010 para que pudieran permanecer legalmente en dicho país. En enero de 2018, muchos de ellos podrían ser deportados a Haití. Hasta ahora, se han ignorado las voces de los niños haitianos que piden que sus familias puedan quedarse, a pesar de las terribles condiciones humanitarias en Haití y de su tremenda vulnerabilidad al cambio climático. Hasta septiembre de 2017, en lugar de regresar a Haití, 13,000 personas habían pedido asilo en Canadá, pero muchas de las solicitudes han sido rechazadas.

Los efectos irreversibles que tiene esta situación sobre los niños, en especial los niños desplazados, agregan una urgencia crítica a la necesidad de que los derechos humanos tengan un papel más importante durante las negociaciones sobre el cambio climático en Bonn. Se debe hacer más para garantizar que los niños desplazados por desastres relacionados con el clima tengan suficiente comida, agua, atención médica y educación. Los países desarrollados también deben comprometerse a aumentar el financiamiento y la asistencia a los países menos desarrollados, a fin de que puedan adaptarse a la variabilidad climática y fortalezcan su resiliencia a condiciones climáticas más extremas en el futuro. Y en lugar de limitar las políticas como la del TPS, los países deben comprometerse a adoptar visas humanitarias o arreglos migratorios que ofrezcan vías de entrada seguras y legales a los niños y las familias de los países más vulnerables al cambio climático. La creación de un grupo de trabajo sobre desplazamiento climático, en virtud de la convención sobre cambio climático de la ONU, encargado de desarrollar recomendaciones para minimizar, evitar y enfrentar el desplazamiento climático ofrece una oportunidad importante para poner de relieve los particulares riesgos de derechos humanos que enfrentan los niños desplazados por el cambio climático y para garantizar que los planes gubernamentales sobre el clima incluyan medidas para responder a estos riesgos de forma eficaz.

En mis viajes a Somalia, Haití y muchos otros países vulnerables al cambio climático, los recuerdos que me quedan son los rostros de los niños desplazados que experimentan directamente las consecuencias. La protección de sus derechos, y los derechos de todos los niños, debe ser parte integral de cualquier respuesta exitosa al cambio climático, si es que queremos que haya alguna esperanza para el porvenir de nuestro planeta.

 


Alice Thomas es la administradora del Programa de Desplazamiento Climático en Refugees International.


 

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