La abstracción del cosmopolitismo puede impedir que veamos las jerarquías perjudiciales de la humanidad

Los llamamientos a la humanidad y el pronunciamiento de normas universales son vanos (o algo peor) si no comienzan con la difícil labor de identificar y desmantelar las estructuras de opresión.




 

En tiempos de injusticia, soñamos con escapar a un mundo armonioso, donde no haya sufrimiento, violencia ni opresión. Durante varias décadas, nos han dicho que el camino hacia ese mundo mejor es un camino cosmopolita. Pero lo que promete este discurso es una falsedad si pasamos por alto las exclusiones perjudiciales en el corazón del ideal cosmopolita. En estos días, cuando proliferan los conflictos violentos basados en la identidad, hablar en contra de la universalidad puede parecer indecente. Sin embargo, para que el cosmopolitismo pueda ofrecer esperanza, es necesario reexaminarlo desde una perspectiva crítica, ya que las experiencias de las comunidades que luchan contra la xenofobia, el racismo sistémico, la violencia de género y la privación revelan deficiencias fundamentales. 

El concepto del cosmopolitismo, otrora marginal en el pensamiento de Occidente, volvió a cobrar relevancia en la década de los 1990, cuando los cambios económicos, sociales y políticos de la globalización neoliberal pasaron a primer plano. El argumento central de este nuevo cosmopolitismo liberal es que el progreso requiere un interés moral y universal en cada persona, independientemente de sus identidades y afiliaciones. Como proyecto político, esto exige pasar de las identidades excluyentes y los Estados con fronteras rígidas a una sociedad global de individuos libres, un ideal utópico que se expresa de manera práctica en los derechos humanos, el derecho internacional y la gobernanza global. Es un discurso que promete respeto universal para la humanidad y un orden mundial racional basado en el estado de derecho.  

Pero al examinar nuestro mundo de hoy, vemos que, por desgracia, esa promesa no se ha cumplido. Las nuevas armas y herramientas de vigilancia han ampliado el poder del Estado, al tiempo que el atractivo del nacionalismo feroz y la xenofobia despiadada volvió a surgir con una fuerza sorprendente. La reafirmación de la soberanía nacional por una nueva generación de líderes de mentalidad autoritaria ha paralizado a las instituciones internacionales y de derechos humanos. Las tácticas de los movimientos sociales que fueron decisivas para la creación de los derechos humanos han sido asimiladas y distorsionadas por movimientos reaccionarios que difunden ideologías de odio y debilitan la política democrática desde el nivel local hasta el global.

Es un discurso que promete respeto universal para la humanidad y un orden mundial racional basado en el estado de derecho.

En un análisis de la reacción actual contra la globalización, y el cosmopolitismo liberal, Colin Crouch sostiene que se está produciendo un retorno al nacionalismo excluyente y la reafirmación de las identidades privilegiadas, a medida que las personas rechazan el racionalismo de la Ilustración y la globalización de la vida social y económica.  

Crouch distingue dos ejes de conflicto para explicar nuestra situación actual: la tensión entre el individualismo universal y la tradición comunal, y entre la libre competencia y la igualdad social. Con ello, nos ofrece coordenadas para dar sentido a lo inesperado, como el hecho de que votantes de la clase obrera elijan a dirigentes multimillonarios. Crouch toma en serio la identificación emocional en la política y pregunta: “¿los compromisos transnacionales tienen la energía emocional suficiente como para trascender el monopolio de lealtad que exige la nación? Su respuesta consiste en ofrecer un cosmopolitismo más igualitario y arraigado, con base en la esperanza de que una generación más joven, familiarizada con las identidades políticas múltiples e irrestrictas, pueda materializar dicho proyecto. 

Aunque ofrece una alternativa cosmopolita atractiva, que aleja el concepto del neoliberalismo y lo acerca a la democracia y la justicia social, Crouch está pasando por alto el problema central. La consecución del cosmopolitismo se plantea en términos de fomentar el apego popular a una identidad humana común, y convertirla en nuestra identidad política fundamental.  

El cosmopolitismo exige que veamos a todas las personas como seres que comparten una naturaleza esencial, lo que permite incluir las diferencias en un orden moral único. El problema radica en superar el apego irracional de las personas a la tradición y la identidad comunal, de modo que “ellos” puedan quedar incluidos en “nuestros” planes racionales, formulados con arreglo a los ideales morales universales.  

La solución a este problema es expandir la autoridad de los derechos humanos universales y crear instituciones que garanticen la autoridad de estas normas. El poder de este planteamiento es evidente en la tendencia a ver los derechos humanos como el producto de una vanguardia liberal occidental, a pesar de la literatura crítica sobre derechos humanos que ha demostrado la falsedad de este discurso en repetidas ocasiones.  

La abstracción del cosmopolitismo liberal hace que nos resulte imposible ver que el problema más apremiante que enfrentamos no es un apego irracional a las identidades particulares, sino una jerarquía más profunda y perjudicial de la humanidad que no puede descartarse con argumentos racionales. El sujeto liberal imaginado, que acepta contratos racionales o reivindica derechos universales, nos invita a soñar con un mundo nuevo sin abordar la realidad de las injusticias en el mundo de verdad.

Los planes para crear un mundo distinto, que vaya más allá de una fantasía utópica, deben tomar en cuenta los legados existentes de injusticia y adoptar la democracia de manera radical e inclusiva.  

Mientras escribo, por todos los EE. UU. (y el mundo), las comunidades están protestando contra el racismo sistémico y la violencia policial endémica. En respuesta, el rapero Black Thought escribe: “El asesinato de hombres, mujeres, niñas y niños negros, morenos e indígenas es una tradición mundial. Una herencia. Un largo legado. […] mientras no [...] se cuente la verdadera historia del mundo y la manera en que las cosas llegaron a ser como son, me temo que todo seguirá como siempre. Una curita en una herida de bala”.  

Ese es el reto que debe enfrentar el cosmopolitismo. Los llamamientos a la humanidad, y el pronunciamiento de normas universales, son vanos (o algo peor) si no comienzan con la difícil labor de identificar y desmantelar las estructuras de opresión. Los planes para crear un mundo distinto, que vaya más allá de una fantasía utópica, deben tomar en cuenta los legados existentes de injusticia y adoptar la democracia de manera radical e inclusiva. Mientras el cosmopolitismo plantee la justicia como un imperativo abstracto de reconocer nuestra humanidad común, en lugar de un proyecto de construcción de relaciones políticas que practiquen y creen esa humanidad común, seguirá siendo una ideología de las identidades privilegiadas.  

Para que haya justicia, es necesario lidiar con el asesinato, el robo, la violación, el maltrato y la falta de respeto a las personas a las que se trata como menos que seres humanos. No basta con una invitación a reconocer nuestra humanidad común, porque la cuestión de a quién le corresponde ser humano, y quién lo decide, siempre ha sido una cuestión política. Un cosmopolitismo que merezca nuestra esperanza y nuestros esfuerzos debe comenzar con quienes luchan por su propia humanidad, quienes se dedican a forjar las relaciones necesarias para convertir esa humanidad común en realidad.  

Parafraseando a Virginia Lee, una activista de derechos humanos en Washington DC, un mundo más justo tendría que construirse “a partir de las experiencias de las personas oprimidas” y crear “relaciones de solidaridad y servicio en lugar de dependencia y superioridad”. Nuestros ideales morales deben construirse desde el interior de este mundo, no como una manera de negarlo, y nuestros movimientos de derechos humanos deben afrontar las divisiones jerárquicas básicas de nuestro mundo y luchar por una distribución equitativa del poder, como condición previa del verdadero cosmopolitismo.


Este artículo es parte de una serie publicada en asociación con la Iniciativa Young sobre la Economía Política Global de Occidental College, la división de Ciencias Sociales de la Universidad Estatal de Arizona y el Instituto de Desigualdades en Salud Global de la USC. Surge de un taller de septiembre de 2019 celebrado en Occidental sobre “Conversaciones globales transversales sobre derechos humanos: interdisciplinariedad, interseccionalidad e indivisibilidad.

 

 

ORIGINALLY PUBLISHED: September 24, 2020

Joe Hoover es profesor asociado de teoría política en Queen Mary University of London. Su investigación se centra en el potencial democrático radical de los movimientos de derechos humanos, sobre todo el derecho a la vivienda y el derecho a la ciudad.


 

COMMENTS
Stay connected! Join our weekly newsletter to stay up-to-date on our newest content.  SUBSCRIBE