Para que los derechos humanos tengan futuro, debemos tener en mente el tiempo


Si el final del siglo XX y el comienzo del XXI fue la época de la preocupación por el espacio, creo que en lo que queda de este siglo la variable dominante será el tiempo, tanto en los derechos humanos como en otros campos de pensamiento y práctica. 

Por definición, la globalización fue un fenómeno espacial: la expansión de los mercados en todo el mundo, la conexión de los últimos rincones del planeta a las redes de telecomunicaciones y el ascenso transnacional del neoliberalismo. Aunque el movimiento de derechos humanos fue una de las fuentes de crítica y resistencia contra las inequidades de la globalización, estuvo más concentrado en el espacio que en el tiempo. Su foco estuvo en la difusión global de estándares de derechos humanos, plasmados en tratados y acuerdos que pasaron a ser parte del lenguaje y el sentido común de la gobernanza global. Obsesionados con traspasar las barreras del espacio, los analistas y activistas de los derechos humanos dejamos a un lado la preocupación por el tiempo, como si la globalización fuera, en efecto, el “fin de la historia” que anunció Fukuyama.

Hoy sabemos lo prematuro que fue ese diagnóstico. No solo porque el nacionalismo está erigiendo murallas de odio alrededor del mundo, sino porque nuestro desdén por el tiempo nos está pasando la factura. Si faltaba alguna prueba de que la historia no terminó con la victoria del liberalismo y los derechos humanos, basta ver los resultados de las elecciones recientes, que consolidaron democracias iliberales desde India hasta Brasil.

También se nos acabó el tiempo para conjurar con medidas convencionales la crisis climática. Mi generación (la X) fue hija de la globalización y desperdició los 30 años cruciales que tenía para tomar medidas graduales contra el calentamiento global. Hoy los adolescentes de la generación Z hacen huelgas escolares para recordarnos lo que concluyeron los científicos del panel intergubernamental sobre cambio climático de la ONU: que la única alternativa que queda son medidas urgentes que reduzcan a la mitad las emisiones de carbono a más tardar en 2030, para evitar los escenarios más catastróficos del cambio climático y la crisis de derechos humanos que implicarían.

Recuperar el tiempo también implica cambiar la forma de pensar sobre él. Durante el auge de la globalización, los saberes dominantes fueron los enfocados en el espacio, desde la geografía hasta la economía política y el derecho internacional. Hoy es necesario aprender de otras disciplinas, como la biología y la geología, que tienen una comprensión más rica del tiempo por estar sintonizadas con fenómenos temporales como la evolución de las especies y la formación del clima.

Como escribió recientemente la geóloga Marcia Bjornerud, lo que se necesita es “una conciencia aguda de cómo el mundo está constituido por el tiempo, una conciencia de que el mundo está hecho de tiempo.” Esta visión significa cambios prácticos, basados en propuestas e ideas “llenas de tiempo”, en la bella expresión de Bjornerud.

Sugiero dos ejemplos de ideas llenas de tiempo relacionadas con los derechos humanos. La primera es reconocer los derechos de las generaciones futuras. Como escribió George Monbiot, la Declaración Universal de los Derechos Humanos se queda corta al decir que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. La Declaración solo tiene en mente a las generaciones presentes, porque nada en ella les impide legar un planeta inhabitable a las generaciones futuras. El artículo que hace falta en el derecho internacional diría que “cada generación tiene igual derecho a disfrutar de la riqueza natural”, como sugiere Monbiot.

La otra propuesta llena de tiempo es declarar un estado de emergencia constitucional para atender la crisis climática y la violación de derechos que esta implica, de la misma forma como se declaran emergencias para tomar medidas excepcionales contra crisis económicas o guerras. Hoy se sabe que, a menos que enfrentemos el cambio climático con la misma urgencia y en una escala similar a la de una guerra mundial, el calentamiento del planeta provocará un colapso económico mucho peor que la gran depresión de 1929 y muchas más muertes que las dos grandes guerras mundiales juntas.

Por eso, Inglaterra e Irlanda declararon una emergencia constitucional para enfrentar los efectos del cambio climático y la pérdida masiva de animales y plantas. Las mismas razones deberían llevar a otros Estados a aplicar la figura.

Estas son ideas respaldadas por movimientos sociales con un agudo sentido del tiempo: la ola de huelgas estudiantiles por los derechos de las generaciones futuras, y la serie de protestas contra la inacción frente al cambio climático liderada por organizaciones como Extinction Rebellion. La primera recuerda la importancia de pensar en el largo plazo, la segunda la de actuar en el cortísimo plazo.

El movimiento de derechos humanos tendría que aprender de esos otros movimientos. Para ello, tiene que afinar tanto sus objetivos de largo plazo como su capacidad de responder en el corto. En cuanto a lo primero, uno de los puntos ciegos de actores de derechos humanos como las ONG y los financiadores filantrópicos, es su dificultad para anticipar tendencias de largo plazo. Acostumbrados a ciclos de planeación y financiación de uno a tres años, solemos perder de vista las transformaciones esenciales que tendrán lugar en diez o veinte años y para las cuales deberíamos estar preparándonos desde ahora. Por ejemplo, los cambios profundos en los conceptos y la práctica de los derechos humanos que resultarán de las nuevas tecnologías, como la inteligencia artificial y la edición génica. 

Al mismo tiempo, los actores de derechos humanos tienen dificultad para reaccionar con la urgencia necesaria en el corto plazo. Ante desafíos existenciales como la difusión del populismo autoritario o el cambio climático, las organizaciones de derechos humanos han tendido a responder a un paso glacial, probablemente por la inercia de las estrategias convencionales. Por ejemplo, la estrategia de la denuncia y el avergonzamiento de Estados violadores de derechos humanos no funciona como antes en un mundo donde los líderes populistas no tienen vergüenza. Tampoco funciona en un mundo acelerado en el que algunos de los retos más formidables para los derechos humanos no provienen de Estados sino de las empresas privadas, cuyas plataformas sociales pueden contribuir a desestabilizar los procesos electorales en cuestión de días.

Si el movimiento de derechos humanos quiere tener un futuro, tendrá que tomar en serio el tiempo.