¿Debilitarán las nobles ambiciones de los ODS al activismo para alcanzarlos?

No cabe duda de que los ODS son más amplios, e incluyen más intereses de derechos humanos y a todos los actores pertinentes, en comparación con los objetivos de desarrollo anteriores, pero esto puede hacer que resulte más difícil responsabilizar a alguien si no se cumplen.


By: Charles F. Maccormack & Sarah Stroup
September 25, 2015

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Este mes, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) pondrá en marcha formalmente los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), un conjunto de promesas que buscan aprovechar y desarrollar los avances logrados desde el milenio. Desde una perspectiva de derechos humanos, los ODS ofrecen razones tanto para la esperanza como para la preocupación. Por un lado, los ODS no están determinados por un pequeño grupo de élites del Norte, sino por una amplia gama de actores, países ricos y pobres, actores públicos y privados, que pudieron construir en los ODS una filosofía de desarrollo compleja. Este enfoque participativo para el establecimiento de metas de desarrollo puede haber sido “complejo e intrincado“, pero la esperanza es que estas negociaciones inclusivas, realizadas durante varios años, aumenten la posibilidad de que los países en vías de desarrollo sientan que los nuevos ODS les pertenecen.

Por otro lado, si se incluye a todos los actores, y, de acuerdo con la ONU, “se debe considerar que todas las personas y todos los países tienen una responsabilidad en común”, no es posible llamar a cuentas a ninguno de ellos por los fracasos en el desarrollo. Al contar con tantas opciones, los gobiernos donantes y los Estados en vías de desarrollo harán lo que habrían hecho de todos modos, y el tiempo necesario para forjar una verdadera cooperación será muy escaso.

La inclusión, en el desarrollo o los derechos humanos, plantea el riesgo de diluir la voluntad política necesaria para lograr cualquier cosa en absoluto. El activismo exitoso de derechos humanos ofrece lecciones sobre las mejores maneras de alcanzar objetivos de desarrollo como los ODS. Estas lecciones son cada vez más relevantes conforme la comunidad de desarrollo adopta el lenguaje de los derechos humanos. En el año 2000, la Declaración del Milenio presentó un vago compromiso de “hacer realidad para todos el derecho al desarrollo”. A pesar de esta afirmación, las comunidades de desarrollo y de derechos humanos se mantuvieron en gran medida desconectadas conforme al conjunto de metas de esa declaración: los ODM. Los nuevos ODS ofrecen la oportunidad de acercar más a estas dos comunidades. La nueva agenda para el periodo 2015-2030 establece que el propósito de los 17 ODS y sus 169 metas es “hacer realidad los derechos humanos de todas las personas”. 

Pero, por desgracia, es poco probable que se logre este objetivo si la comunidad de desarrollo no puede centrarse en la implementación desde el principio, una lección que les es familiar a los activistas derechos humanos. La protección de los derechos no requiere solamente compromisos ambiciosos, sino también planes específicos para alcanzar esos objetivos. En palabras del director de Human Rights Watch Kenneth Roth, los derechos están mejor protegidos cuando existe claridad en torno a la infracción, el infractor y el remedio. La pobreza puede ser evidente, pero ¿quién la causo y quién tiene la responsabilidad de actuar? Con los ODS, los gobiernos donantes ricos y los países pobres buscan alcanzar los objetivos de desarrollo junto con agrupaciones de la sociedad civil, empresas, las Naciones Unidas, megafilántropos y otros. Si no se cumplen los objetivos, ¿quién tendrá la culpa?

Ya hemos estado en esta situación. El objetivo final de los ODM, el Objetivo 8, pedía una “alianza mundial para el desarrollo”. Las seis metas del Objetivo 8 se centraron en las reglas del comercio y las finanzas mundiales, el alivio de la deuda para una serie de países en vías de desarrollo, niveles más altos de ayuda exterior y la facilitación de un mayor acceso a los medicamentos y la tecnología. Este objetivo de los ODM era el único que requería la acción de actores privados y países acaudalados. El Informe sobre Desarrollo Humano de la ONU de 2003 argumentó que sería difícil lograr los otros 7 ODM sin avanzar en el objetivo 8. Pero la mayoría de sus metas no se alcanzaron. Un comité de revisión de 2014 identificó una serie de “deficiencias decepcionantes” en el cumplimiento de las metas del objetivo 8, incluida la meta bastante clara de lograr que los Estados donantes asignaran 0.7% de su ingreso nacional bruto a la ayuda internacional.


Flickr/TED Conference (Some rights reserved)

A Liberian women participates in an NGO-run agricultural development program.


Al igual que los ODM, los ODS se basan en el reconocimiento de que su puesta en práctica recae en una “alianza mundial revitalizada” para el desarrollo. Cabe preguntarse si alguna vez se percibió realmente esa alianza como algo vital. Es cierto que se ha visto una colaboración sumamente eficazen las alianzas entre múltiples actores en asuntos como la prevención de la malaria, por ejemplo, pero esa es la excepción y no la norma. En otras áreas temáticas, hay una discrepancia entre quién debería asumir el liderazgo y quién puede hacerlo. Así, el Banco Mundial ha sido uno de los actores que definen la agenda en cuestiones de educación global, pero ha traído consigo un conjunto de prioridades estrecho y controvertido. En otros contextos, no existe ningún mecanismo para la colaboración entre los actores dispares. Además, la amplia gama de objetivos y metas hace que la formación de una cantidad suficiente de coaliciones exitosas sea casi imposible.

En palabras de Sakiko Fukuda-Parr, hoy en día los actores no estatales son “portadores de deberes” que comparten con los Estados la responsabilidad de realizar progresivamente el derecho al desarrollo. Tradicionalmente, la ayuda para el desarrollo fluía de los países donantes a los gobiernos receptores, con algunas organizaciones multilaterales como intermediarias. En los últimos veinte años más o menos, sin embargo, el panorama del desarrollo se ha transformado. En esta nueva etapa, “Desarrollo Global 2.0”, hay más actores, nuevos organismos especializados, más fuentes de financiamiento y nuevas reglas. El problema de la coordinación es cualitativamente distinto, a medida que más actores llevan sus intereses divergentes a una mesa de negociación en la que la responsabilidad por los avances es difusa. La protección del derecho al desarrollo requiere la acción coordinada de una amplia gama de actores diferentes que tienen un impacto en la salud, los ingresos y la educación de las personas de todo el mundo.

Con los ODM, por lo menos existía la posibilidad de medir si los gobiernos y los donantes estaban reorganizando sus prioridades para alcanzar los objetivos mundiales compartidos (durante la primavera pasada, participamos en una fascinante discusión sobre estos objetivos específicos). Algunos realmente lo hicieron. Pero esto se debió en parte a que los ODM ofrecían una lista comparativamente breve de solo 8 objetivos específicos y 18 metas. Los ODS son mucho más numerosos y en muchos casos las metas son bastante imprecisas (un estudio encontró que solo el 29 % de las 169 metas están bien definidas y son rigurosas desde un punto de vista científico).

La cuestión fundamental que siempre ha impedido el desarrollo es la falta de voluntad política. Este problema se hace más grave en una época de “acción hipercolectiva” al trabajar con una larga lista de metas de los ODS. Si tenemos suerte, algunas (pero solo unas pocas) de estas metas realmente recibirán atención. Para conservar el impulso de los ODM, la comunidad de desarrollo debe abordar explícitamente la dinámica política que provocó la pobreza en primer lugar. Para hacer realidad el derecho al desarrollo, debemos concentrarnos en las responsabilidades de actores públicos y privados específicos en la creación de los problemas y después asignar deberes particulares en relación con una gama limitada de metas. Tal como están, los ODS son una filosofía de desarrollo más que un marco para la toma de decisiones para mejorar los resultados de desarrollo. Ese tipo de inclusión, en el desarrollo o en los derechos humanos, puede ser representativa, pero plantea el riesgo de diluir la voluntad política necesaria para lograr cualquier cosa en absoluto.

 


Charles F. MacCormack es vicepresidente de la Alianza para la Saludde los ODM y ex presidente y director ejecutivo de Save the Children US.

Sarah S. Stroup es profesora asociada de ciencia política en la Universidad de Middlebury y autora de Borders Among Activists (Fronteras entre los activistas).

 
 


 

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