Los derechos humanos como una respuesta popular y transformadora a la “América” de Trump

La elección de Donald Trump es la manifestación más reciente de la política de miedo y exclusión que afecta a todas las regiones del mundo. Esta política se nutre de las graves inquietudes que despiertan el modelo económico tambaleante y la creciente desigualdad, la captura empresarial de las instituciones estatales y la incertidumbre frente a cambios rápidos y precarios. Sin embargo, Trump y otros responden a estas preocupaciones y quejas justificadas con un análisis deliberadamente erróneo tanto de las causas profundas como de las soluciones, el cual promete afianzar aún más la inseguridad socioeconómica y política que amenaza a tantas comunidades dentro de los Estados Unidos y más allá.

Trump ha fortalecido una retórica abiertamente antiinmigrante, antimusulmana, racista y misógina. Los crímenes de odio ya están aumentando. Como sugiere Inga Winkler debemos enfrentar la estigmatización y la “alterización” tanto en el ámbito privado como en el público, utilizando de manera estratégica las herramientas nacionales e internacionales. Un pequeño porcentaje de los votantes aceptaron el pasado personal y las declaraciones más inquietantes de Trump. Muchos, que gozaban de la seguridad de ser blancos y a menudo de sexo masculino, los pasaron por alto con demasiada facilidad. Sin embargo, se puede argumentar que lo que más los atrajo fueron sus promesas de regresar puestos de trabajo a los Estados Unidos y su posicionamiento como una persona ajena al sistema, a diferencia de Clinton, a quien se presentó como controlada por los intereses de Wall Street y como parte del sistema político corrupto.


ESCR-Net/All Rights Reserved

Trump and others address legitimate concerns with growing inequality and uncertainty in the face of rapid and precarious change with a deliberately misplaced analysis of both the root causes and the solutions.


También se puede argumentar que una clase media en una situación cada vez más precaria, la principal base de Trump entre los votantes blancos, se aferró a los pocos privilegios o posiciones que le quedaban a través de la turbulenta historia de los Estados Unidos. Sin embargo, Trump, de manera similar a muchas otras personas que ocupan el poder o buscan hacerlo en numerosos países, encaminó activamente sus frustraciones, ira y miedo en contra de los inmigrantes, los musulmanes, las mujeres y las personas de color en lugar de hacia los sistemas que lo hicieron millonario y que socavan los derechos humanos a nivel mundial. Al hacerlo, lanzó un llamado cínico y sumamente peligroso a reclamar una “América” en la que muchos quedaban excluidos a nivel nacional y donde el poder de los EE. UU. a menudo se utilizaba para reprimir el movimiento de las personas alrededor del mundo. En los Estado Unidos, ya hemos visto personajes como Trump, ya sea en la reacción contra la abolición de la esclavitud o entre los muchos líderes políticos que denunciaron el llamado del Reverendo Dr. Martin Luther King, Jr. a establecer un vínculo entre las luchas contra el racismo, el empobrecimiento y la militarización.

En manos de Trump y los recién nombrados miembros de su gabinete, las deficiencias del modelo económico neoliberal probablemente se tergiversarán aún más para debilitar los derechos civiles y los valores sociales incluyentes. Ni siquiera a la clase media blanca trabajadora y precaria le ha prometido derechos económicos y sociales entre sus propuestas de recortes de impuestos empresariales, su nuevo impulso a la privatización de los bienes y servicios públicos y su negación del cambio climático.

Significativamente, una tercera parte de los cerca de 700 condados que apoyaron al presidente Obama, en 2008 y 2012, votaron por Trump. Lo que tal vez resulte aún más sorprendente es que los pobres de clase obrera (negros, latinos y blancos) en muchas ocasiones no votaron, en parte debido a una represión generalizada del voto (como en el caso de leyes que restringían cómo, cuándo y dónde podían votar las personas) y en parte porque ninguno de los partidos principales abordó sus inquietudes. Clinton venció a Trump entre los votantes que ganan menos de $50,000 dólares; Trump ganó entre los votantes blancos sin un título universitario. Sin embargo, la participación de los votantes que no cuentan con título universitario y los votantes que ganan menos de $50,000 dólares se redujo de manera significativa. Ni Trump ni Clinton lograron una movilización efectiva de estos sectores.

Los derechos humanos tienen el potencial de llevar nuestra visión y nuestras acciones más allá de los partidos políticos fracasados y la profunda polarización. 

Dado que hacen frente al empobrecimiento y la exclusión, los derechos humanos tienen el potencial de llevar nuestra visión y nuestras acciones más allá de los partidos políticos fracasados y la profunda polarización. Cuando exigimos bienestar material, participación en las decisiones que afectan nuestras vidas y dignidad para nosotros, para nuestros hijos y, en última instancia, para todas las comunidades, estamos adoptando el impulso fundamental de los derechos humanos. En este sentido, la historia de los derechos humanos es ante todo una historia de los movimientos sociales e incluye el movimiento abolicionista; las luchas anticoloniales por el derecho a la autodeterminación; la lucha contra el apartheid en Sudáfrica; los constantes esfuerzos de promoción de la memoria, la verdad y la justicia en Argentina; la larga historia de los movimientos de derechos de las mujeres, los trabajadores y las comunidades indígenas, y más. Especialmente ahora, al parecer, el ejercicio efectivo de los derechos humanos requerirá de esfuerzos similares de popularización, movilización y lucha para transformar los sistemas sociales.

A raíz de las luchas populares por la libertad y la igualdad en momentos históricos específicos, los gobiernos han aceptado las obligaciones legales internacionales de respetar, proteger y satisfacer los derechos humanos, y las normas y los mecanismos resultantes suelen ser útiles para promover la justicia social. Más de 160 países han ratificado el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales y por lo tanto tienen la obligación legal de utilizar sus máximos recursos disponibles, incluso a través de la asistencia y la cooperación internacionales, para hacer efectivos los derechos humanos en la práctica y, de especial importancia en este contexto, garantizar el derecho a un nivel de vida adecuado. El Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de la ONU y otros órganos creados en virtud de tratados también han hecho hincapié en la igualdad, tanto formal como material. Estas normas se han integrado en muchas constituciones y han influido en la jurisprudencia, las políticas y la práctica en numerosos países.

Las normas de derechos humanos reconocidas a nivel nacional e internacional se han nutrido de los movimientos por la justicia social y, a su vez, les han proporcionado a estos una fuente de legitimidad moral, política y jurídica. César Rodríguez-Garavito pone de relieve las importantes maneras en que los pueblos indígenas transformaron las normas y las acciones en materia de derechos humanos en herramientas eficaces para luchar contra los proyectos de extracción y el cambio climático, realizar campañas nacionales efectivas a favor de los derechos socioeconómicos y aprovechar el potencial de la colaboración transnacional. Si los tratados y las leyes de derechos humanos se respetan y llevan a la práctica en menor medida que los tratados de comercio e inversión y las leyes comerciales, esto sirve para destacar la inmensidad de los desequilibrios de poder y la desigualdad que tienen que enfrentar los defensores de los derechos humanos. Más allá de las normas estáticas, los derechos humanos son instrumentos vivos y poderosos para analizar y desarrollar las prácticas y las estructuras sociales, facilitar la creación de vínculos a través de experiencias diversas y unir luchas supuestamente distintas hacia un cambio transformador.

Durante los últimos 18 meses, unos 20 movimientos sociales, miembros de la Red-DESC, han profundizado un análisis compartido de las condiciones comunes a nivel mundial a través del marco de los derechos humanos, cuestionando el empobrecimiento y el despojo en medio de la abundancia, la captura empresarial del Estado, la profundización de la desigualdad, la degradación del medio ambiente y la creciente represión. También articularon los puntos emergentes de unidad entre sus movimientos para crear la Carta común para la lucha colectiva. La carta fue confirmada por 150 representantes de los miembros de la Red-DESC, tanto movimientos sociales como ONG, de más de 40 países, que se reunieron en Argentina en noviembre de 2016. Estos miembros también subrayaron la necesidad de integrar un análisis intersectorial a lo largo de su acción colectiva, con atención a cómo las políticas, las prácticas, las leyes y los presupuestos afectan a comunidades en diferentes situaciones, lo cual necesariamente pondrá en primer plano las perspectivas y el liderazgo de aquellos que por largo tiempo se han resistido a la exclusión y el despojo.

Como señala Jim Goldston, las críticas sobre las organizaciones de derechos humanos y las instituciones internacionales dominantes, que describen al movimiento como elitista y fuera de contacto con la realidad, contienen “un destello de verdad”. Sin embargo, hace hincapié en que la mayoría de los defensores de derechos alrededor del mundo son personas, pobre o modestamente remuneradas, que pertenecen a las comunidades que están a la vanguardia de las luchas por la justicia, y que a menudo enfrentan crímenes de odio y trastornos económicos. En los EE. UU., esto se hace evidente en muchas luchas dirigidas por la comunidad, incluidos los esfuerzos por poner en marcha una nueva Campaña a Favor de los Pobres a nivel nacional.

Estos movimientos de derechos humanos emergentes en los EE. UU. y sus conexiones con movimientos similares en todas las regiones del mundo quizás sean ahora más importantes que nunca. En el corto plazo, es posible que Trump cumpla algunas de sus promesas de reconstruir infraestructura y salvar algunos trabajos, incluso mientras proyecta una narrativa que sigue convirtiendo a los migrantes, los musulmanes, las comunidades de color, las mujeres y los “otros” en chivos expiatorios en caso de cualquier incumplimiento. A raíz de su elección y de su intento de recuperar una preocupante versión de “América”, estoy abierto a la sugerencia de Samuel Moyn de recurrir a otras herramientas y crear alianzas diversas para impulsar la justicia social. Sin embargo, estoy convencido de que los derechos humanos, como un movimiento que surge a partir de las personas afectadas por la injusticia, que critica activamente las desigualdades sistémicas y que afirma nuestra humanidad compartida e interdependiente, ofrece una alternativa transformadora a la política del miedo y la exclusión.