La ignorancia paternal en materia de derechos humanos devalúa el conocimiento de las poblaciones marginadas

En el impulso paternal de ofrecer asistencia, se percibe a las víctimas y su conocimiento como inferiores, pero los activistas de derechos tienen que admitir su ignorancia y cuestionar su posicionalidad.



Trabajadoras sexuales protestan en La Paz (Bolivia) EFE/Martin Alipaz


 

“Es cierto, en cualquier caso, que la ignorancia, aliada con el poder, es la enemiga más feroz que puede tener la justicia”.  

—James Baldwin 

Los actores de derechos humanos están acostumbrados a trabajar con el lado negativo de la ignorancia, que se manifiesta en la inobservancia de las normas de derechos humanos, la estrechez de miras de los prejuicios y la creencia en teorías de conspiración perniciosas.  

Pero el trabajo de derechos humanos suele pasar por alto la “ignorancia paternal”, ya que se origina en parte en una comunidad de activistas que se refuerza a sí misma y en la euforia de ayudar a alguien que se percibe como en una actitud de súplica. Este impulso paternal de ofrecer asistencia implica que se vea a las víctimas como inferiores y, por tanto, que se margine su conocimiento. Hay pocos motivos para que los activistas admitan su ignorancia o cuestionen su posicionalidad. Como explicó Teju Cole, en nuestro deseo de correr a salvar, nos queda poco tiempo para entender todos los matices de una situación. Cole explica lo que debería ser obvio: “si vamos a interferir en la vida de otras personas, un poco de diligencia debida [para entender el contexto más amplio] es un requisito mínimo”.  

He observado esto con mayor claridad en mi trabajo con activistas de trabajo sexual que se ven envueltos en la cruzada contra la trata de personas en los Estados Unidos. Durante las conversaciones sobre la lucha contra la trata de personas en los EE. UU., rara vez se consulta o escucha a quienes se dedican con consentimiento al trabajo sexual, a pesar de que suelen estar en la mejor posición para identificar a las víctimas de trata y comprenden íntimamente varias formas de explotación.  

Escritores feministas y antirracistas han explicado más a fondo los importantes aspectos negativos de la ignorancia, y también señalan las dimensiones positivas de la ignorancia, como la humildad y vulnerabilidad, que son esenciales para una labor crítica en materia de derechos humanos y que, en mi opinión, sirven como los mejores antídotos a la ignorancia paternal. En su libro reciente, Muddying the Waters, Richa Nagar escribe que las prácticas feministas transnacionales 

“son viajes habilitados por la confianza, y con la posibilidad siempre presente de que se produzca desconfianza y violencia epistémica; viajes de esperanza que deben reconocer constantemente la desesperanza y los temores; y viajes que insisten en cruzar las fronteras incluso mientras cada uno de los viajeros aprende que hay fronteras que no puede cruzar —ya sea porque es imposible cruzarlas o porque no tiene sentido invertir sueños y sudor en esos cruces de fronteras”.  

Para entender a qué se refiere Nagar con violencia epistémica, uso la distinción que hace Miranda Fricker entre la injusticia testimonial y la injusticia hermenéutica. Los trabajadores de derechos humanos cada vez reconocen más la injusticia testimonial, el hecho de que el conocimiento de las personas oprimidas se devalúa sistemáticamente, y se han propuesto muchos métodos para amplificar las voces de las personas marginadas. La injusticia hermenéutica se refiere a que no se escuchan las afirmaciones de conocimiento porque no se ajustan a los marcos conceptuales existentes.  

A nivel macro, académicos descoloniales como Walter Mignolo y Boaventura de Sousa Santos han analizado la manera en que la erudición moderna ha silenciado sistemáticamente los discursos alternativos que no se ajustan al ideal del conocimiento objetivo. Esto también ocurre cuando no se escuchan las denuncias individuales porque no se presentan en el lenguaje jurídico o de derechos humanos correcto. Y se manifiesta entre las personas marginadas cuando se ven en el espejo y no pueden entender quiénes son, debido a prejuicios sociales bien arraigados.  

Pero la afirmación de Nagar de que algunas fronteras no se van a cruzar, y no se deben cruzar, contradice mucho del trabajo de derechos humanos basado en la capacidad de crear empatía y aumentar el conocimiento y la comprensión. ¿Cómo que hay algo que no puedo saber o una experiencia que no puedo entender? Solo tengo que investigar más, asistir a más conferencias, realizar más autocrítica y reunir más testimonios. Sin embargo, nuestra posicionalidad muchas veces implica que hay ciertos conocimientos que nunca entenderemos y, de hecho, es posible que no merezcamos escuchar ciertas verdades.  

Estas dos formas de injusticia se refuerzan entre sí, como se puede observar en el análisis que realiza Fricker sobre Matar a un ruiseñor: “los miembros del jurado para quienes la idea de que se debe confiar epistémicamente en el hombre negro y se debe desconfiar de la muchacha blanca es prácticamente una imposibilidad psicológica”.  No escuchar a un hombre negro debido al color de su piel es una injusticia testimonial, mientras que no aceptar lo que dice porque no concuerda con la visión del mundo propia es una injusticia hermenéutica.   

Además, cuando ciertos conocimientos son tan ajenos a nuestra experiencia, pueden sobrecargar nuestra capacidad de razonar y llevarnos a despreciar aún más los conocimientos y a los conocedores

Consideremos, por ejemplo, el concepto de “sublime transgénero” como lo describe Benjamin Singer. Cuando las personas se encuentran ante algo que ven como “antinatural”, que no cabe en su marco de conocimientos preexistente, les resulta difícil procesar la experiencia. Por lo tanto, la mera existencia de las personas transgénero se puede percibir como un exceso para la sociedad, como algo indeseado, desechable o incluso amenazante. 

A menudo, ese mismo concepto se aplica al trabajo sexual. Para algunos activistas contra la trata de personas, incluso la idea del trabajo sexual con consentimiento es algo moralmente repugnante; por lo tanto, consideran a quienes lo realizan como conocedores inferiores, tan alejados de las categorías aceptables que resultan despreciables. Pero, en estos casos en los que encontramos que activistas normalmente progresistas se repliegan en la cerrazón y se niegan a escuchar las voces de los trabajadores sexuales o incluso tolerar su existencia, hay más elementos en juego.  

Por ejemplo, en un evento contra la trata, un fiscal de condado de Arizona sostuvo que los trabajadores sexuales con consentimiento no existen y que todos los trabajadores sexuales son víctimas de trata, incluso cuando el evento incluyó la presencia de varias personas que se identificaban a sí mismas como trabajadores sexuales con consentimiento.  

Unos años antes, me pidieron participar en el panel de otro evento contra la trata de personas. Le dije a la organizadora estudiantil que solo participaría si también invitaban a hablar al menos a un activista de trabajo sexual. Ella aceptó, pero cuando les dijo a los otros panelistas propuestos, todos distinguidos activistas contra la trata en Arizona, se retiraron del panel. Después, la estudiante estaba desesperada porque no tendría un panel completo, así que invité a activistas de trabajo sexual a que hablaran. Fue uno de los paneles más interesantes e informativos sobre la lucha contra la trata, y el público se mostró sumamente agradecido por poder escuchar una perspectiva que rara vez escuchaba. 

Las consecuencias de esta clase de ignorancia paternal son graves. Durante el infame Project Rose en mi estado natal de Arizona, fanáticos de la lucha contra la trata colaboraron con la policía para detener a trabajadoras sexuales vulnerables con la excusa de identificar víctimas de trata sexual. Una de sus dirigentes, que se oponía firmemente al trabajo sexual, dijo que las personas que se han dedicado al trabajo sexual con consentimiento están “demasiado dañadas” como para hablar por sí mismas o incluso para juzgar qué acciones son mejores para ellas. Dijo: “una vez que te prostituiste, nunca podrás ser alguien que no se prostituyó… Tener tantas partes de otros cuerpos en las partes de tu cuerpo, tener tantos fluidos corporales cerca de ti y hacer cosas que son extravagantes y raras realmente arruina tus ideas de cómo son las relaciones, y la intimidad”. 

Dos académicas de trabajo social, escribiendo sobre Project Rose, concluyeron lo que debería ser obvio pero probablemente volverá a quedar oculto por la ignorancia paternal y lo sublime: “creemos que identificar personas para arrestarlas bajo el pretexto de ayudarlas viola muchas normas éticas, así como la humanidad de las personas que trabajan en la industria del sexo”.  

Consideremos cuánto nos hemos alejado de la concepción de Nagar sobre la creación conjunta de los feminismos transnacionales con humildad, autocrítica, amor, escucha paciente, esperanza y confianza. Para contrarrestar la ignorancia paternal, el trabajo de derechos humanos debe ser de autoría conjunta, humilde, vulnerable y crítico, equilibrar la esperanza y la desesperanza, cuestionar con tenacidad la posicionalidad y siempre tener en cuenta la violencia epistémica.

 


Este artículo es parte de una serie publicada en colaboración con la Iniciativa Young sobre la Economía Política Global del Occidental College, la división de Ciencias Sociales de la Universidad Estatal de Arizona y el Instituto sobre Desigualdades en Salud Global de la USC. Se deriva de un taller realizado en septiembre de 2019 en Occidental sobre “Conversaciones globales transversales sobre los derechos humanos: interdisciplinariedad, interseccionalidad e indivisibilidad”.

 

ORIGINALLY PUBLISHED: October 8, 2020

William Paul Simmons es profesor de Estudios de Género y de la Mujer y director del programa de posgrado en línea de Práctica de Derechos Humanos en la Universidad de Arizona.


 

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