El cristianismo pentecostal: ¿fuerza regresiva o aliado dinámico?

El cristianismo pentecostal es una de las fuerzas religiosas que están creciendo con más rapidez en el mundo. Aunque muchos activistas laicos de derechos humanos perciben al pentecostalismo como regresivo, esta dinámica religión podría convertirse en un importante aliado para la protección de los derechos humanos en todo el mundo.


By: Richard L. Wood
September 9, 2014

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Muchos activistas laicos de derechos humanos perciben a la religión en general, y al cristianismo pentecostal en particular, como parte del problema y no parte de la solución. Mientras que Jack Snyder y Larry Cox argumentaron recientemente que el movimiento de derechos humanos necesita a la religión, Nida Kirmani y Geraldyn Ezeakile expresaron su preocupación de que la religión a menudo causa más daños que beneficios. Sin embargo, las nuevas investigaciones muestran que el prejuicio contra la presencia de la religión en los derechos humanos ofrece una visión limitada, en el mejor de los casos. De hecho, el cristianismo pentecostal no es monolítico; algunos sectores están experimentando cambios que los podrían convertir en importantes aliados en la protección de los derechos humanos.

El cristianismo pentecostal, que surgió a partir de los renacimientos religiosos multirraciales de principios del siglo XX en los Estados Unidos, representa una de las fuerzas religiosas más dinámicas del mundo contemporáneo. Está creciendo con particular rapidez en muchos de los contextos en los que menos se respetan los derechos humanos: en China, África subsahariana, Rusia, Asia Meridional, el Sudeste Asiático y partes de Latinoamérica. También se está difundiendo en Estados Unidos entre los inmigrantes, los afroamericanos y los latinos en ciudades estadounidenses y en el sur rural. 


Ken Harper/Flickr (Some rights reserved) 

A small Pentecostal church in Monrovia.

 


 

Tradicionalmente, sin embargo, muchos pentecostales en los Estados Unidos se alejaron de los asuntos públicos como los derechos humanos, o se convirtieron en estrictos conservadores en materia social. Consecuentemente, muchos activistas laicos de derechos humanos ahora perciben al pentecostalismo como una fuerza regresiva.

Aún así, no hay ninguna razón para que éste sea el caso. La Iglesia católica, que en cierto tiempo adoptó una postura crítica ante las instituciones democráticas y los derechos humanos liberales, se ha convertido en uno de sus principales defensores a nivel mundial durante los últimos cincuenta años. La teología pentecostal, que enfatiza la presencia de Dios dentro de los individuos, bien podría ser capaz de experimentar una transformación similar. Las raíces multirraciales del pentecostalismo (a veces de liderazgo femenino) muestran cómo las prácticas religiosas vehementes pueden superar las rígidas divisiones sociales de raza, origen étnico, tribu y género.

Mientras Cox hace un llamado para que se forme una alianza más sólida entre los derechos humanos y los activistas religiosos, hay algunos sectores del pentecostalismo que llevan ya más de dos décadas haciéndolo. En Centroamérica, en donde las versiones católica y protestante de la teología de la liberación alguna vez influyeron sobre una generación de activistas e insurgentes guerrilleros, están emergiendo nuevas formas de pentecostalismo. Algunas predican un “pentecostalismo de liberación” en megaiglesias, y así reúnen a decenas de miles de congregantes para que rindan culto, vinculados mediante estructuras “celulares” que evocan las estrategias de las megaiglesias en Corea del Sur y Colombia. 

A lo largo de Latinoamérica, algunos pentecostales están promoviendo una lectura liberacionista de los Evangelios que defiende los derechos humanos de los sectores sociales marginados. Quizás no sea una sorpresa que esto esté ocurriendo conforme el pentecostalismo logra una mayor presencia en esos sectores y adquiere el poder social suficiente para proteger sus intereses con mayor seguridad. Sin embargo, lo más sorprendente es que este cambio está ocurriendo tanto en los lugares en los que dominan los modelos económicos neoliberales como en los que los gobiernos socialistas tienen un comportamiento autoritario. 

En África subsahariana, donde el pentecostalismo ha crecido aceleradamente durante las últimas décadas, en ocasiones el movimiento parece ser un cómplice irremediable de la corrupción que explota la pobreza y crea nuevas élites. Con todo, el pentecostalismo también puede servir como una estructura fundamental de movilización para liberar a los individuos africanos de la opresión de las estructuras familiares, comunales y tribales.

Mientras tanto, el movimiento carismático católico, una suerte de versión “pentecostalizada” del catolicismo que también está creciendo rápidamente en África, ofrece una encarnación de la Iglesia católica más atractiva desde el punto de vista espiritual que las disponibles de otra manera. Al mismo tiempo, también acentúan enseñanzas que defienden firmemente un amplio conjunto de derechos humanos, civiles, políticos y económicos (aunque no coinciden completamente con lo que afirman los feministas y activistas de derechos homosexuales, por supuesto).

En China, Rusia y otros contextos autoritarios, les resulta difícil a las iglesias pentecostales encontrar un espacio organizacional suficiente para desempeñar un papel similar. Pero si estas comunidades pentecostales logran ganar algún grado de autonomía organizacional, el movimiento tendrá potencial transformador, precisamente porque los regímenes autoritarios siguen suprimiendo los derechos humanos y la libertad religiosa. 

Incluso en los lugares en los que se silencian sus reclamos de derechos humanos, es posible que el pentecostalismo esté teniendo un impacto positivo sutil. Los obispos y los sacerdotes de las diócesis católicas que antes se mostraban cautelosos ahora enfrentan de manera más directa a los gobiernos autoritarios, y defienden los derechos humanos y civiles con argumentos que desde hace tiempo habían elaborado órdenes religiosas más progresistas. Y los pentecostales más cautelosos se inspiran en la teología clásica pentecostal, que ve a la persona “salvada” como un receptáculo para el Espíritu Santo, para expresar el tipo de naturaleza sagrada del individuo que Amnistía Internacional ha utilizado por mucho tiempo para defender los derechos humanos. 

Sin embargo, nada de esto está libre de ambigüedades. Por ejemplo, ¿qué pasa con quienes no han sido salvados? Es decir, ¿puede el pentecostalismo articular un fundamento teológico sólido para un estándar universal de derechos humanos, en vez de uno que divida de manera tan pronunciada a los salvados de los que no lo son (sean estos últimos católicos, musulmanes, hindúes, laicos, espiritualistas tribales, judíos o budistas)?

El carácter extraterrenal de la mayor parte de la teología pentecostal es otra de las cuestiones. ¿Puede una visión religiosa del mundo enfocada en la salvación divina apuntalar este trabajo terrenal a favor de los derechos humanos? ¿Y cómo se puede reconciliar esto con el creciente movimiento del “evangelio de la prosperidad”, con su justificación aparentemente teológica de la avaricia?

Finalmente, ¿el enfoque en la Biblia del pentecostalismo hace imposible que los pentecostales reconozcan los derechos humanos de los homosexuales, lesbianas y las personas transgénero? 

Los activistas laicos de derechos humanos no deberían dejar que su propia falta de familiaridad con el lenguaje pentecostal obstruya la creación de alianzas que pueden rendir grandes frutos

Todas estas preguntas representan obstáculos reales al papel del cristianismo pentecostal como defensor de los derechos humanos universales. Sin embargo, el pentecostalismo es sobre todo una obra en proceso, y algunos líderes pentecostales están superando con éxito estos obstáculos. Para los cristianos pentecostales, el poder salvador de Dios se abre paso con regularidad a través de las costumbres establecidas para ofrecer gracia y salvación nuevas para todos. Es posible que los activistas laicos de derechos humanos no tengan muy claro qué significa eso precisamente, pero no deberían dejar que su propia falta de familiaridad con el lenguaje pentecostal obstruya la creación de alianzas que pueden rendir grandes frutos. 

Las experiencias católica y judía ofrecen paralelos importantes: el enfoque en la Biblia de esas tradiciones a veces crea teologías del tipo “nosotros contra ellos”, especialmente cuando se han sentido asediadas como minorías. Pero es más usual que ambas tradiciones consideren que la línea que separa el bien del mal pasa a través del corazón de cada individuo. Gracias a esta interpretación, es posible que la buena fe sea profundamente universal, sin negar las diferencias reales que existen entre las religiones, y entre los laicos y los religiosos. Aquí en openGlobalRights, algunos académicos argumentaron que los sistemas morales islámico e hindú comparten esta percepción. Los pentecostales han demostrado que son capaces de adoptar la misma visión.

Al presentar este argumento, estoy completamente consciente de las maneras en las que por lo general se ha usado, y sigue usándose, la religión para justificar la oposición a lo que ahora consideramos como derechos humanos universales. Pero referirse a ese historial para ignorar que el pentecostalismo tiene el potencial de convertirse en un aliado es simplemente un error. Desde esa perspectiva, el movimiento de derechos humanos no tiene posibles aliados, ya que el marxismo, el humanismo laico, el discurso democrático e incluso el lenguaje de los derechos humanos se han utilizado para suprimir luchas reales por los derechos humanos.

Irónicamente, la alternativa es que los activistas de derechos humanos actúen de forma muy similar a como lo hacen los fundamentalistas religiosos. Sólo los fundamentalistas—religiosos o seculares—insisten en que ellos saben cuál es la única verdad y la manera correcta de proceder. El mejor antídoto al fundamentalismo es la autorreflexión, estar honestamente dispuestos a aprender. Después de todo, la autorreflexión es tan esencial para un movimiento de derechos humanos sano como para un movimiento religioso sano. Sin ella, simplemente no podemos crecer. 


Richard L. Wood es profesor asociado del Departamento de Sociología de la Universidad de Nuevo México y director del Southwest Institute on Religion and Civil Society (Instituto Suroccidental de Religión y Sociedad Civil). El trabajo reciente de Wood sobre la religión y la sociedad civil se publicó en la American Sociological Review, y fue cubierto por el Washington Post y la New York Magazine, entre otros.


 

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