Religión y derechos: una mirada a los movimientos que reclaman la justicia de género

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En todo el mundo, los derechos relacionados con el género, la sexualidad y la autonomía corporal se enfrentan a una renovada oposición. Desde las disputas sobre el acceso al aborto hasta la intensificación de la represión contra las comunidades LGBTQ+, la polarización política y cultural va en aumento, y la religión suele estar en el centro de la controversia. Los líderes religiosos conservadores advierten de una amenazante «ideología de género», mientras que muchos defensores laicos de los derechos descartan la religión por considerarla intrínsecamente patriarcal y discriminatoria. El resultado es un enfrentamiento ya conocido: la fe frente a la igualdad de género.

Pero hay actores que desafían esta dicotomía. Un movimiento vibrante y en expansión formado por organizaciones de mujeres de inspiración religiosa, activistas queer, teólogas feministas y grupos de base se involucra —a menudo con un riesgo personal significativo— en la lucha por la justicia de género. Para ellas, los derechos humanos no se oponen a su fe, sino que están profundamente arraigados en ella. Su activismo demuestra que la relación entre religión y derechos es mucho más dinámica, controvertida y fértil de lo que los habituales debates polarizados nos llevarían a creer.

Una nueva iniciativa de investigación internacional, GenderJustice, explora este panorama global emergente. Sus focos iniciales incluyen a activistas cristianos y musulmanes de Colombia, Kenia, Pakistán e Indonesia que reinterpretan la autoridad religiosa, desafían la discriminación y tienden puentes a través de profundas divisiones ideológicas.

Recuperar lo sagrado

Muchas activistas comienzan su trabajo desde la teología. Argumentan que lo que socava la igualdad de género no es la religión en sí misma, sino las interpretaciones patriarcales de los principios y tradiciones sagradas que durante mucho tiempo no han sido cuestionadas. Sus esfuerzos incluyen replantear las narrativas religiosas, cuestionar el liderazgo dominado por los hombres y recuperar la autoridad interpretativa del monopolio de los clérigos.

El Círculo de Teólogas Africanas Preocupadas aprovecha los estudios académicos basados en las experiencias vividas por las mujeres africanas para cuestionar las normas discriminatorias arraigadas en las tradiciones eclesiásticas y destacar cómo las escrituras pueden, por el contrario, apoyar la igualdad, la dignidad y la justicia. En Colombia, Católicas por el Derecho a Decidir centra la teología católica feminista en su defensa de los derechos reproductivos y demuestra cómo el razonamiento basado en la fe puede ser una herramienta poderosa para el cambio progresista. Sus argumentos teológicos han contribuido a dar forma al discurso público y a generar apoyo para la reforma de las leyes sobre el aborto del país.

Los esfuerzos teológicos de las activistas religiosas progresistas no se limitan a las ideas. Muchas también participan en la reforma institucional, cuestionando las estructuras y prácticas patriarcales en sus comunidades religiosas. Cuando la feminista musulmana Amina Wadud dirigió oraciones de los viernes mixtas en Ciudad del Cabo en 1994, rompió convenciones centenarias y catalizó debates sobre la autoridad religiosa de las mujeres. En Kenia, la Cosmopolitan Affirming Church acoge a cristianos LGBTQ+ y ofrece liturgias que aceptan a las personas queer. Del mismo modo, la Wariah al-Fatah de Indonesia —una escuela religiosa para personas transgénero— proporciona a los estudiantes educación espiritual en un entorno libre de la hostilidad a la que se enfrentan en otros lugares.

Esfuerzos más discretos y basados en la comunidad van en paralelo a estas formas de activismo más formalmente organizadas. En diferentes contextos geográficos y religiosos, los activistas han creado pequeños grupos de creyentes que leen y reinterpretan colectivamente los textos religiosos, animando a los participantes a desafiar la discriminación en su vida cotidiana. Por ejemplo, Musawah, un movimiento global por la igualdad en las leyes familiares musulmanas, forma a laicos para que se acerquen a los textos sagrados, contribuyendo a democratizar el conocimiento religioso y empoderar a los creyentes de a pie.

Tender puentes entre los derechos y la fe

En muchas partes del mundo, la gente ve los derechos humanos con cierto recelo: como algo ajeno, secular o desconectado de la realidad cotidiana. Esto es especialmente cierto en el caso de los derechos relacionados con el género y la sexualidad, que los críticos suelen presentar como importaciones occidentales.

Cuando la activista Zainah Anwar habló con mujeres malasias locales en su calidad de joven defensora de los derechos de la mujer, descubrió que estas recurrían al Corán —y no a las convenciones internacionales sobre los derechos de la mujer— en busca de orientación sobre cuestiones como la violencia doméstica o el matrimonio forzado. Esta constatación la inspiró a cofundar la ONG Sisters in Islam, que promueve interpretaciones del islam que hacen hincapié en la igualdad y la justicia.

De manera similar, el movimiento interreligioso global Side by Side Gender Justice busca dar mayor resonancia a los derechos humanos «traduciéndolos» al lenguaje religioso y a las formas de pensar locales.

Junto con muchos otros activistas religiosos por la justicia de género, los miembros de estas organizaciones insisten en que valores como la igualdad, la dignidad y la no discriminación no son importaciones extranjeras, sino valores ya profundamente arraigados en sus propias tradiciones religiosas. Su labor ayuda a contrarrestar la creciente desconfianza hacia los derechos humanos en muchas sociedades y abre un espacio para el discurso sobre los derechos en entornos reacios a la defensa secular.

Bajo presión desde todos los frentes

Pero insistir en una conexión profunda entre la religión y los derechos humanos tiene un coste. Las amenazas, el acoso y la violencia a los que se enfrentan los defensores de los derechos de género y sexuales en todo el mundo se agravan de manera especial para los activistas religiosos, que se enfrentan a una doble presión distintiva.

Los correligionarios conservadores pueden acusar a los activistas de traicionar su fe, corromper la tradición o promover la inmoralidad —afirmaciones que pueden derivar en acciones legales, amenazas, vandalismo o violencia. Por ejemplo, un grupo de línea dura atacó la escuela Wariah al-Fatah de Indonesia en 2016, obligándola a cerrar temporalmente. En Malasia, Sisters in Islam se enfrentó a una fatwa por supuestamente promover el «liberalismo y el pluralismo». Incluso tras una victoria judicial parcial en 2025, la presión continúa.

Al mismo tiempo, los miembros del movimiento secular por la justicia de género pueden recibir a sus posibles colegas religiosos con escepticismo y prejuicios, ya que les cuesta creer que un compromiso genuino con la justicia de género pueda coexistir con la religiosidad. En el peor de los casos, pueden descartar por completo a los activistas religiosos por considerarlos cómplices de facto de las prácticas discriminatorias de género de su religión.

Constructores de puentes en un mundo polarizado

Su «posición intermedia» obliga a los activistas religiosos que luchan por la justicia de género a lidiar con presiones desafiantes procedentes de múltiples frentes. Pero esto les confiere una capacidad única para salvar divisiones. Su dominio tanto del lenguaje religioso como del basado en los derechos puede permitirles entablar conversaciones que de otro modo serían imposibles.

En el Líbano, la interconfesional Fundación Adyan reúne a líderes religiosos, activistas por los derechos de las mujeres y responsables políticos para abordar la polarización. La Red Interconfesional Global facilita el diálogo entre creyentes queer y líderes religiosos en varios países africanos mediante la creación de espacios de confianza mutua, respeto y flexibilidad doctrinal.

Tales iniciativas demuestran que los activistas religiosos por la justicia de género pueden desempeñar un papel esencial a la hora de cuestionar los rígidos binarios que alimentan la polarización.

Por qué son importantes los activistas religiosos por la justicia de género

A medida que se intensifican los debates globales sobre género, sexualidad y derechos, es crucial comprender el papel de los activistas religiosos. Ignorar su defensa de la justicia de género conlleva el riesgo de diagnosticar erróneamente la relación entre religión y derechos, socavar posibles alianzas y perder oportunidades para proteger a los activistas amenazados. Y lo que es más importante, no reconocer estas voces significa pasar por alto a las muchas personas que se niegan a elegir entre su religión y sus derechos.

El mensaje de los activistas religiosos por la justicia de género en todo el mundo es sencillo pero poderoso: la no discriminación, la igualdad y la fe no son incompatibles. Su labor demuestra que la religión puede ser una fuente de justicia, y que los avances significativos suelen provenir de quienes habitan en múltiples mundos.