La falta de empatía

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La empatía, ese reconocimiento universal de la humanidad de los demás, lleva mucho tiempo siendo el componente emocional central de la justicia basada en los derechos. Los sistemas jurídicos y las doctrinas filosóficas consideran que la razón es la base de la igualdad, pero es la empatía la que nos permite ver a los demás como personas con experiencias, necesidades y valor.Nadine Schultz sostieneque esta forma de compasión no puede surgir solo del razonamiento abstracto; al contrario, la empatía exige la capacidad emocional de conectar más allá de las diferencias.

A medida que los conflictos globales se agravan y las necesidades humanitarias alcanzan niveles sin precedentes, la empatía está disminuyendo a un ritmo alarmante. Vivimos en un mundo en el que la sobresaturación digital —incluida la exposición constante a la violencia en línea— y unos medios de comunicación cada vez más polarizados, que fomentan el repliegue ideológico de los espectadores, obstaculizan activamente el camino hacia la justicia. La erosión de las conexiones humanas y el aumento de las actitudes individualistas tienen implicaciones globales.

En conjunto, estas condiciones catalizan un déficit de empatía que socava los esfuerzos por abordar las violaciones de los derechos humanos y responder eficazmente a las crisis internacionales.

La fatiga de la compasión en la era digital

Las abrumadoras cantidades de contenido relacionado con crisis que circulan por Internet han transformado por completo la forma de pensar de los lectores y espectadores. Las plataformas de redes sociales compiten sin descanso por llamar la atención, dando prioridad a las métricas de interacción a costa de la precisión o del impacto en el bienestar de los usuarios. Diseñan intencionadamente sus algoritmos para presentar a los usuarios la información más cargada de emoción posible, incluyendo historias de hambrunas, desastres, guerras y desplazamientos. Quienes producen este contenido no buscan profundizar en la comprensión, sino monetizar las reacciones.

Con el tiempo, los espectadores pueden empezar a sentirse insensibilizados y distanciados de este flujo constante de contenido. Los psicólogos definen este fenómeno como «fatiga de la compasión», un estado de agotamiento emocional resultante de la exposición prolongada a la angustia. 

Los medios sensacionalizan las crisis exagerando la intensidad emocional y el impacto de los acontecimientos en curso. El problema no es que a la gente no le importe; es que su bondad se ve sometida a una presión excesiva una y otra vez. Se recurre a su empatía con tanta frecuencia que, instintivamente, esta empieza a disminuir como forma de autoprotección.Varios expertos han descubierto que la habituación a la violencia en las noticias conduce a una menor reactividad emocional. La sobrecarga mental paraliza a las personas, que se ven incapaces de convertir sus sentimientos en respuestas constructivas. La magnitud del sufrimiento masivo parece insuperable, lo que debilita la inclinación a actuar. Sin embargo, reconocer las fuerzas que limitan nuestra empatía no nos exime de responsabilidad.

Un mundo políticamente dividido

La fatiga mental reduce la capacidad emocional, y la división la compromete aún más. En todo el mundo, las diferencias ideológicas se han vuelto tan grandes que las personas suelen reservar su compasión para quienes reflejan sus propias identidades o creencias. En todas partes, la gente se está volviendo menos considerada y más selectiva a la hora de decidir quién merece su escasa empatía restante. El aumento de la polarización extrema y de la mentalidad de «nosotros contra ellos» en países democráticos como Brasil, India, Polonia, Estados Unidosy otros —un fenómeno verdaderamente global con causas interrelacionadas— obstaculiza el desarrollo de políticas inclusivas basadas en la solidaridad humanitaria.

Un estudio de 2024 sobre la polarización política y el comportamiento de ayuda reveló que, en igualdad de condiciones, la gente está mucho más dispuesta a ayudar a alguien que comparte sus opiniones políticas que a alguien que no las comparte. Además, las investigaciones muestran que estos sesgos de grupo anulan incluso el impulso de ayudar de las personas más compasivas o «humanistas», un resultado especialmente preocupante cuando la ayuda en cuestión podría aliviar el sufrimiento humano. Cuando la ayuda se convierte en una declaración política, cualquier sentido de propósito común en la búsqueda de soluciones que prioricen el bienestar de las comunidades vulnerables se desmorona. 

Cambios hacia la primacía personal

Un sentido compartido del deber es fundamental para el trabajo en materia de derechos humanos. Sin embargo, el auge actual del individualismo socava nuestra capacidad para aceptar la responsabilidad colectiva necesaria para actuar. Cada vez es más probable que la gente vea el sufrimiento lejano como algo ajeno a su universo moral y asuma que la distancia geográfica o cultural les exime de cualquier obligación ética. Una vez más, la necesidad de autoprotección emocional se manifiesta como desinterés. La innovación tecnológica, el desarrollo socioeconómico y la urbanización alejan a las sociedades de todo el mundo de la interdependencia comunitaria y las empujan hacia la autosuficiencia.

La disminución de las tasas de matrimonio, el tamaño más reducido de las familias y el aumento de los hogares unipersonales intensifican las limitaciones a las relaciones humanas y debilitan los lazos sociales. La gente ha perdido la comunidad tradicional y los sistemas de apoyo que les permiten tratarse con amabilidad. Tienen menos espacios para cultivar la empatía, la colaboración y la confianza mutua necesarias para hacer frente al sufrimiento generalizado.

El resultado

Como miembros de la comunidad global, tenemos la obligación inalienable de desafiar la injusticia dondequiera que aparezca y responder a ella en la medida de nuestras capacidades. Aunque los seres humanos tenemos una predisposición biológica hacia la empatía, su fuerza depende en última instancia de nuestras experiencias vitales y de la práctica intencionada. Pero cuando el ruido digital, el partidismo exacerbado y el aislamiento social dominan esas experiencias, nuestra capacidad para conectar con quienes nos rodean se debilita progresivamente. Si este declive continúa, corremos el riesgo de normalizar el distanciamiento de tal manera que nadie intente siquiera abordar el sufrimiento humano.

Revitalizar la compasión dentro de nuestras comunidades y renovar las estructuras sociales necesarias para sostenerla es ahora más crucial que nunca. Si no actuamos, permitiremos que la apatía que actualmente azota nuestro mundo se consolide de forma permanente.