Morir con dolor en el Sur Global

En el mundo en desarrollo, las personas mueren con dolor debido a la incapacidad para acceder a medicación apropiada. Sin embargo, el problema va más allá del dinero. 


By: Diana Guarnizo
August 8, 2016

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Una versión de este artículo fue inicialmente publicada aquí en el Blog Global de Dejusticia.

Todos, en algún momento, hemos estado cerca al dolor de un ser querido: una abuela con cáncer en casa, un padre con esclerosis múltiple, un hermano con enfermedad crónica respiratoria. Usualmente reciben la medicación cada cuatro horas, y si el dolor se incrementa, pueden llamar a la enfermera y pedir más. En el mundo de los cuidados paliativos, no esperamos que nuestros seres queridos se mejoren, sino simplemente que mueran en paz, que sus últimos momentos sean libres de dolor. Pero, qué pasaría si la medicación para el dolor no fuera accesible en su país? O qué tal si los requerimientos legales o logísticos hicieran imposible adquirirlos? Qué tal si los doctores simplemente no prescribieran estos medicamentos en su país? Muchos argumentaríamos que el alivio del dolor no debería ser un lujo exclusivo de países desarrollados, pero la realidad de muchos países en desarrollo es que miles de personas mueren en medio del dolor innecesario.

La falta de acceso a medicinas para el tratamiento del dolor vulnera derechos fundamentales.El acceso a medicamentos para el alivio de los síntomas y el dolor es un componente esencial de los cuidados paliativos. Estos buscan mejorar la calidad de vida de los pacientes que enfrentan una enfermedad crónica o terminal,  aliviando su dolor y otros problemas de tipo físico, psicosocial y espiritual. Lejos de ser una comodidad refinada de ciertos sistemas de salud, han sido reconocidos como  una exigencia de derechos humanos. En varios documentos elaborados por los Relatores Especiales de Naciones Unidas contra la tortura y el derecho a la salud, enfatizaron que la falta de acceso a medicinas para el tratamiento del dolor vulnera derechos fundamentales a la salud, y a la protección en contra de tratos crueles, inhumanos y degradantes. 

De acuerdo a las cifras presentadas por el Pain & Policy Studies Group de información ofrecida por la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE), sobre el consumo global de morfina o por persona en 2013, países como Austria, Canadá, Dinamarca, Estados Unidos,  y Nueva Zelanda concentraron gran parte del consumo del mundo. Otros países, en su mayoría europeos, como Suiza, Australia, Reino unido, Francia e Islandia, registran consumos altos, todos por encima del promedio global de 6.27 mg/cápita. En Latinoamérica, el país con mayor consumo es Argentina, muy cercano al promedio global. Todos los demás países de la región se sitúan por debajo del promedio.  El siguiente mapa muestra el consumo de morfina en el mundo para 2013. En azul oscuro se registran los países con mayor consumo.

Fuente: Pain & Policies Studies Group.

De acuerdo con una encuesta titulada ‘Global Access to Pain Relief’, más de 5 mil millones de personas viven en países sin o poco acceso a medicinas para tratar el dolor, esto incluye 5.5 millones de pacientes con cáncer terminal. El siguiente mapa muestra los países con el mayor número de personas que mueren sin disponer de un tratamiento para el dolor. En azul oscuro se registran los países con el mayor número de muertes sin tratamientos para el dolor.

Fuente: Global Access to Pain Relief.

Pese al inminente incremento en su demanda y a su importancia como un asunto de derechos humanos, el acceso a medicamentos de base opiácea es todavía limitado en el sur global. Aunque la administración de morfina hace parte de la lista de medicamentos esenciales recomendados por la Organización Mundial de la Salud y su fabricación es relativamente económica ya que no existen patentes, su acceso es generalmente restringido debido a políticas nacionales e internacionales.


Flickr/US Army Africa (Some rights reserved)

Despite the recognition of pain relief as a human rights issue, national and international policies in the Global South severely limit access to opioid-based medications.


En Latinoamérica, varias dificultades impiden el acceso de las personas a este tipo de medicamentos. El desconocimiento de los médicos y auxiliares de la salud sobre el tratamiento del dolor contribuye a la baja prescripción de los mismos. Para muchos médicos que fueron formados con el propósito de curar, la idea de pensar en cuidados paliativos para la muerte es un sin sentido: sólo en dos países de la región, Chile y Cuba, los cuidados paliativos se incluyen en el pensum de las universidades como parte de la formación en salud.  El prejuicio médico en contra de los opioides, temiendo que su consumo se torne dependiente, es otra de las razones que inhibe su prescripción; cuando en realidad se encuentra demostrado que esto pasa en muy pocos casos y que, incluso si esto sucediera, dada la terminalidad de la enfermedad ello resultaría irrelevante. Si bien existen debates sobre el uso de opioides en enfermedades distintas al cáncer, el uso de opioides para el tratamiento de cáncer y enfermedades terminales es generalmente aceptado. El mismo prejuicio está también presenten en los pacientes y sus familias, quienes temen ser recetados por los mitos en torno a su consumo. 

La política restrictiva anti-drogas en el mundo también ha jugado su papel. El régimen internacional de control de drogas incorpora obligaciones para garantizar acceso con fines médicos, pero en la práctica los controles impuestos por los estados para impedir su tráfico y uso indebido, resultan con frecuencia excesivos incluso en drogas controladas. En la mayoría de los países Latinoamericanos es común que estas medicinas puedan ser formuladas solo con talonarios especiales, emitidos por oficinas centrales de salud y que su transporte requiera de medidas reforzadas de seguridad. Todo lo cual aumenta el costo de distribución. Aunque existen esfuerzos al interior de Naciones Unidas por cambiar esta política, los resultados son aún tímidos.

Con frecuencia, los estados importan o adquieren menos de las medicinas requeridas dado que calculan el consumo con base a datos históricos que no representan la necesidad real de los pacientes. Tampoco existen mecanismos eficientes de distribución de los medicamentos al interior de los países, por lo que en muchos casos el poco acceso a opioides se concentra en los centros urbanos

Un mundo sin dolor es posible. Las medicinas para lidiar con el dolor existen y son producidas a precios razonables. Más que un tema económico, la dificultad está en la ausencia de conocimiento y formación por parte de los profesionales de salud, el prejuicio en contra de su prescripción y en las excesivas barreras que los estados y las agencias anti-narcóticos imponen a su distribución.  El miedo y el prejuicio no pueden seguir siendo una guía adecuada para la construcción de políticas de acceso a opioides en el mundo. Los estados y el personal médico pueden hacer mucho por disminuir la brecha que impide su acceso, haciendo de la muerte un proceso más digno y humano.

 


Diana Guarnizo es investigadora y coordinadora en derechos sociales en el Centro de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad (Dejusticia)

 
 


 

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