Semillas de desigualdad: las mujeres en la agricultura sostenible

En lo que respecta a los derechos de las mujeres sobre la tierra, el control de la gestión de la tierra puede ser más importante que el mero derecho legal.


By: Karine Belarmino & Marie Schaedel
September 19, 2019

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Photo: UN Women/Flickr (CC BY-NC-ND 2.0)


¿Por qué las mujeres tienen cuatro veces más probabilidades de ser las principales operadoras de una empresa agrícola alternativa, como la agricultura con apoyo comunitario (AAC) a pequeña escala, en lugar de una granja convencional? Las desigualdades de género en la agricultura pueden provenir de barreras estructurales que bloquean el acceso de las mujeres a la propiedad de la tierra y otros servicios fundamentales. De hecho, según se ha investigado, “la herencia patrilineal de las tierras agrícolas y el conocimiento agrícola crea barreras para las agricultoras, y revela una importante brecha de género en los ingresos agrícolas”.

Las barreras históricas que impiden que las mujeres posean activos rentables, como empresas, granjas e incluso casas, están presentes en todo el mundo. Por ejemplo, hasta 1850, las mujeres estadounidenses casadas no tenían derecho legal a poseer tierras, y en Brasil , el derecho de las mujeres a la tierra apenas se oficializó en 1988. En 2010, el gobierno nicaragüense por fin adoptó medidas jurídicas para mejorar el acceso de las mujeres rurales a créditos con el fin de facilitar su camino hacia la propiedad de la tierra. Hay muy pocos datos desagregados por sexo sobre la propiedad de la tierra en África subsahariana y Asia, pero la mayoría de los estudios sugieren que las mujeres poseen mucha menos tierra que los hombres. 

Incluso en el siglo XXI, las mujeres adquieren tierras principalmente a través del matrimonio y la herencia, en lugar de compras particulares. Y aunque las mujeres pueden acceder a la tierra a través de los activos maritales, muchas veces no tienen los mismos derechos de propiedad o de toma de decisiones. En la mayoría de los casos, los maridos tienen un control más directo sobre los activos conjuntos, incluida la tierra. Incluso la herencia femenina de tierras de cultivo sigue siendo limitada: se privilegia a los parientes masculinos debido a la percepción de que pueden gestionar con más éxito el trabajo agrícola. Si se considera desde este punto de vista, es posible que el control sobre la gestión de la tierra sea más importante que el mero derecho legal en lo que respecta a los derechos de las mujeres sobre la tierra. El número de mujeres que controlan tierras puede ser mucho menor que el número de mujeres que “poseen” tierras en realidad.

El número de mujeres que controlan tierras puede ser mucho menor que el número de mujeres que “poseen” tierras en realidad.

Además de las dificultades para adquirir y administrar tierras, las mujeres enfrentan otros obstáculos que las colocan en una grave desventaja productiva en comparación con los agricultores varones. Según un informe publicado por el International Food Policy Research Institute en 2011, las mujeres no solo tienen menos acceso a los servicios de extensión agrícola, sino que también enfrentan barreras para acceder a insumos de alto capital como las semillas, los fertilizantes y el equipo. Además de estas limitaciones, las mujeres también carecen de acceso a beneficios menos tangibles, como la mano de obra calificada, conexiones con otros agricultores y vínculos con posibles compradores y proveedores. Como las mujeres suelen tener granjas más pequeñas que los hombres, también es mucho menos probable que reciban subsidios agrícolas gubernamentales, los cuales se destinan a los grandes productores de cultivos comerciales. Todos estos factores refuerzan e institucionalizan la desigualdad de género en la agricultura.

Ante esta gran cantidad de barreras, las mujeres de todas partes del mundo se han hecho un hueco en la agricultura “sostenible” a pequeña escala.

Ante esta gran cantidad de barreras, las mujeres de todas partes del mundo se han hecho un hueco en la agricultura “sostenible” a pequeña escala. La agricultura convencional moderna requiere una enorme inversión inicial de capital para comprar insumos caros, como semillas, fertilizantes y pesticidas, sin mencionar las máquinas, las computadoras y los drones. La agricultura sostenible o comunitaria es, por definición, una empresa de menor escala que reduce las barreras para las mujeres y otros agricultores minoritarios, ya que requiere menos capital. La agricultura sostenible también puede dar paso a la agricultura en zonas urbanas y suburbanas en lugar de regiones estrictamente rurales, lo que puede ser una oportunidad para que las mujeres tengan acceso a sus propios ingresos. De hecho, las investigaciones indican que el crecimiento reciente de la agricultura local y sostenible y los productos especializados está relacionado con el aumento de la participación de las mujeres en la agricultura.

Sin embargo, esta presencia cada vez mayor de las mujeres en la agricultura sostenible también ha suscitado reacciones negativas. Se ha demostrado que la sociedad tiende a infravalorar el trabajo que realizan las mujeres; esto implica que las ganancias en cualquier ocupación tienden a disminuir conforme crece la proporción de trabajadoras.  Es posible que los ingresos anuales de las granjas etiquetadas como “sostenibles”, “alternativas” u “orgánicas” disminuyan a medida que aumenta el número de mujeres en este campo. Si bien la Ley Agrícola de los EE. UU. reconoció recientemente la necesidad de apoyar a los horticultores, y los productores de maíz y soya reciben millones de dólares en subsidios y pagos de seguros, es poco probable que los horticultores y fruticultores reciban la misma cantidad de apoyo gubernamental. 

Lamentablemente, aunque la promoción de la agricultura sostenible y la igualdad de género forman parte de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), la Agenda de las Naciones Unidas para “la paz y la prosperidad de las personas y el planeta” parece haber ignorado los avances y retrocesos con respecto a las complejidades generadas por la intersección de estas cuestiones. Sin embargo, en lugar de desalentarnos, las innumerables barreras que enfrentan las mujeres en la agricultura deberían ser un llamado de atención para exigir la igualdad. Dado que la agricultura sostenible y la igualdad de género producen bienes públicos que van más allá de las ganancias económicas, las políticas agrícolas deben centrarse en las necesidades y prioridades específicas de las mujeres que se dedican a la agricultura sostenible. Las políticas gubernamentales deben ofrecer asistencia técnica e información climática a las mujeres y deben formularse de manera que reconozcan e incorporen su pericia.

 


Karine es estudiante de doctorado en Ciencia Política en la Universidad de Minnesota. Estudia la política electoral en América Latina, con un interés específico en los mecanismos de género y las consecuencias del clientelismo.

Marie es estudiante de doctorado en Agroecología en la Universidad de Minnesota. Estudia el papel de los microbios de la tierra en la disponibilidad de nutrientes para el crecimiento de las plantas. También le interesa explorar la intersección de los derechos de las mujeres y la salud de la tierra, particularmente en las economías en desarrollo.


 

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