Del financiamiento de proyectos al financiamiento de luchas: una nueva visión del papel de los donantes

Los donantes bilaterales y multilaterales ocupan un lugar crítico en el modelo de negocio predominante en el ámbito de los derechos humanos. Su financiamiento es esencial para el avance de los derechos humanos; sin embargo, es posible que con sus enfoques actuales también estén acelerando, sin darse cuenta, el proceso de reducción del espacio cívico.

Tan solo en 2015, se documentaron amenazas graves a las libertades cívicas en más de 100 países. Mientras los donantes se alían con la sociedad civil para contrarrestar la reducción del espacio cívico, es posible que sus frecuentemente rígidos sistemas de financiamiento (que a menudo se enfocan en los proyectos de corto plazo en lugar de en las luchas de largo plazo) en realidad disminuyan la eficacia y obstaculicen el apoyo a los nuevos movimientos que son fundamentales para el cambio social.

Hoy en día, los donantes internacionales necesitan emprender una revaluación crítica de su papel en el modelo de negocio de los derechos humanos. Parte de este proceso, que tiene que ser participativo, debería implicar una evolución hacia un sistema de mayor empoderamiento que dé prioridad al apoyo sostenible y de largo plazo para las ONG establecidas y los movimientos sociales emergentes.

Los modelos que utilizan los donantes hoy en día para apoyar las causas de derechos humanos se derivan principalmente de su deseo de evaluar con facilidad sus contribuciones y de identificar y cuantificar los éxitos de inmediato. También son el producto de “copiar y pegar” el paradigma del desarrollo o de la prestación de servicios en el trabajo de derechos humanos y democracia. Esto se ha formalizado a través de los diseños basados en “marcos lógicos” y de un “indicadorismo” en el que el éxito de los proyectos se define por la consecución de un indicador, un modelo frecuentemente criticado que presupone grados de causalidad entre los proyectos financiados por los donantes y enfocados en actividades y los impactos sociales deseados.

El afán de lograr resultados a corto plazo y cuantificables ha llevado a las agrupaciones de derechos humanos a dedicar su energía a las actividades de proyectos y a reivindicar sus éxitos a partir de ellas. Por ejemplo, una ONG ampliará sus pretensiones de eficacia al atribuir el arresto de un funcionario gubernamental a una petición en línea que dirigió en contra de la corrupción, pero no tiene la capacidad de dar seguimiento al caso para garantizar una condena correspondiente. O una ONG proclamará que el hablar en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU durante dos minutos, con apenas unos cuantos oyentes, es un “indicador” de su impacto a nivel internacional. La celebración de una serie de talleres se toma como un indicador de “aumento de la conciencia”. Y hay muchos ejemplos más.


Flickr/GovernmentZA (Some rights reserved)

Miners protest in South Africa. Social movements that have the genuine capacity to address structural inequalities in society—such as labour movements—are often overlooked, ignored and underfunded.


Sin embargo, este paradigma impulsa a las asociaciones a realizar actividades de corto plazo en lugar de aprovechar oportunidades en la lucha de largo plazo por la justicia social. También hace que las asociaciones compitan entre ellas: cada una intentará colocarse como la más exitosa en lugar de unir fuerzas para lograr un cambio duradero.

Esto es lamentable, ya que los principales logros de derechos humanos del siglo pasado fueron, sin excepción, el resultado de alianzas entre diversos actores que trabajaron desde distintos ángulos y con diferentes herramientas pero todos unidos firmemente en una misma “lucha”.

Los donantes han favorecido el lado de la oferta frente al de la demanda en cuestión de democracia y derechos humanos. 

Por otra parte, los donantes han favorecido el lado de la oferta frente al de la demanda en cuestión de democracia y derechos humanos. Las instituciones y estructuras gubernamentales han recibido mucho apoyo para la “buena gobernanza”, sin que se realice una inversión equivalente en el lado de la demanda de gobierno. Y eso no es todo: muchas veces se le dice a la sociedad civil que tiene que colaborar con las instituciones gubernamentales para acceder a los fondos de los donantes. Sin embargo, esto niega de manera fundamental el papel independiente y crucial que la sociedad civil tiene que desempeñar en la democracia y asfixia a las asociaciones hasta el borde de la supervivencia.

Por último, el enfoque de financiamiento actual inhibe el apoyo a los movimientos sociales, ya sea de manera directa por los donantes o indirecta a través de las organizaciones existentes, ya que no se les dota de la capacidad de aprovechar las oportunidades conforme surgen o de catalizar los movimientos sociales que, a lo largo de la historia y en diversas culturas, han impulsado los derechos humanos y la justicia social. Ya sea a través de asociaciones formadas en el lugar de trabajo, o por medio de personas que se reúnen en las calles, estos movimientos suelen surgir de manera inesperada y sin infraestructura, ahora frecuentemente impulsados por las redes sociales. A menudo surgen en momentos de crisis profunda y reflejan las demandas orgánicas de reconocimiento, igualdad, justicia social, reparación y cambio de la gente común.

Los movimientos sociales son frecuentemente desordenados e impredecibles y tienen visiones de largo plazo sobre el cambio social que son difíciles de valorar y de evaluar. Sin embargo, a pesar de su poder transformador, actualmente no forman parte de las prioridades de los donantes. El costo de oportunidad de este modelo de negocio dista mucho de ser benigno. Los movimientos sociales que tienen la capacidad real de hacer frente a las desigualdades estructurales en la sociedad, desde los sindicatos hasta los movimientos de protesta en favor de la democracia, se pasan por alto, son ignorados y reciben fondos insuficientes. Es posible que su potencial de galvanización se pierda, en muchas ocasiones antes de que se pueda formar correctamente.

Tomemos el ejemplo de la reciente ola de protestas pacíficas en la región de Oromia en Etiopía. ¿A dónde deberían dirigirse los organizadores locales para buscar apoyo, capacidad y solidaridad? Las demandas legítimas del pueblo, a las que se ha respondido con represión estatal y cientos de muertes, ¿no merecen más y mejor apoyo que los análisis, los informes y las actividades de promoción financiados post facto? Como informé ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, existe una tendencia mundial hacia el debilitamiento de los derechos de los trabajadores que requiere que las organizaciones de derechos humanos, incluidos los donantes, incorporen urgentemente los derechos laborales en la agenda más amplia de derechos humanos.

El enfoque que predomina entre los donantes hoy en día refleja los efectos negativos involuntarios de la benevolencia de los donantes, además de una escasez de ambición y una abdicación de responsabilidades. Los donantes deben reajustar sus prioridades para apoyar las luchas de largo plazo por la justicia social. El avance en la consecución de los derechos humanos no se puede englobar en informes trimestrales; a veces tarda generaciones. Las alianzas genuinas implican un compromiso de varios años con la causa y se debe dar prioridad a cultivar las ideas, promover las estrategias conjuntas e impulsar las capacidades de organización de las bases. Esto no solo debe incluir una relación distinta con las organizaciones existentes, sino también un enfoque proactivo para identificar y apoyar a los movimientos sociales nuevos y emergentes, así como relacionarse con actores que tradicionalmente quedan en los márgenes del campo de los derechos humanos (por ejemplo, los movimientos sindicales).

En segundo lugar, los donantes que tienen un interés genuino en apoyar a la sociedad civil no deben rehuir de las interacciones francas con las autoridades nacionales. Con demasiada frecuencia, las autoridades nacionales utilizan narrativas que sostienen que el trabajo de derechos humanos con financiamiento extranjero socava la soberanía o la identidad nacional, incluso al tiempo que ruegan por este mismo apoyo y financiamiento externo. Además, los donantes parecen estarse replegando cada vez más a las capitales y las oficinas centrales, siguiendo el cambio social a través de sus pantallas, cuando deberían volver a invertir en la participación local y aceptar que no todas las inversiones generan éxitos.

En tercer lugar, los donantes deben comprometerse con un marco de resultados que favorezca el aprovechar oportunidades frente a completar listas de actividades y producir entregables. Ciertamente, esto implicará renunciar a cierto grado de control respecto a la forma que adoptará el trabajo de derechos humanos respaldado, mientras se insiste en la transparencia y la rendición de cuentas. El cambio social, por su propia naturaleza, es dirigido por la gente y por sus asociaciones.

El apoyo de los donantes a los derechos humanos y la sociedad civil se requiere con urgencia en todos los rincones del planeta para defenderse ante la situación extremadamente precaria de nuestros días. Pero la voluntad de cambiar y ser creativos, de inventar nuevas maneras de apoyar los derechos, es fundamental para la democracia y el desarrollo. Los donantes, al igual que todos nosotros, tienen que pensar tácticamente para sacarnos de esta posición.