¿Cuáles son las preguntas que realmente importan para los derechos humanos?

El movimiento de los derechos humanos es más necesario que nunca, pero va a defraudar a la humanidad si enmarca los problemas del mundo como un asunto de buenos ciudadanos decepcionados por malos gobiernos.



Illustration adapted from cover artwork by Christopher Burrows (All rights reserved).


Este artículo es una versión corta y editada de "Una carta abierta al movimiento de los derechos humanos", que puede descargarse en español aquí.


Hay razones para creer que el movimiento de los derechos humanos es más necesario que nunca, pero ¿qué tal si el movimiento ha perdido su rumbo y ya no puede lidiar con los problemas actuales, no por falta de esfuerzo, sino por tener una percepción anticuada? Esos problemas ya no provienen de unos buenos ciudadanos decepcionados por malos gobiernos, sino por el delirio endémico, la inercia sistémica y los fracasos de la acción colectiva de la primera civilización verdaderamente planetaria.

En algún momento vamos a despertar de la pesadilla de salud pública de la covid-19 y el alivio que nos dará será muy dulce. Pero puede ser muy corto. El colapso ecológico no va a ser menos urgente y tendremos que abordarlo probablemente en una recesión en la que las amplias necesidades sociales y económicas deben encontrar voces políticas que quizá no tengan en mente el bienestar global. También tendremos que lidiar con los viejos enemigos de la injusticia y la corrupción y el nuevo problema de que lo público está mediado por la tecnología de actores privados.

Es difícil sentir lo incondicional del trabajo de los derechos humanos cuando la conexión entre los objetivos morales y los métodos legales y políticos de movimiento han sido cercenados por un cambio en el contexto cultural, económico, tecnológico y ecológico subyacente a la acción. Mejorar esa alineación es “el trabajo” y requiere ir más allá de las idealizaciones de la Declaración de la ONU de 1948 y confrontar cuestiones adecuadas para 2020.

Dicho de otro modo, si los derechos humanos son la respuesta, ¿cuál es la pregunta? Algunas preguntas, según las personas con una sensibilidad liberal amplia que ven los derechos como un bien moral, serían:

  1. ¿Cómo podemos asegurar la dignidad para todos los seres humanos?
  2. ¿Cómo podemos proteger a las personas de sus líderes políticos?
  3. No es nuestra decisión nacer; ¿qué cosas merecemos?
  4. Si existen unos principios morales universales, ¿cómo los diseminamos y mantenemos?
  5. ¿Cómo puede ser usado el Estado de derecho como vehículo para la inclusión y emancipación?
  6. ¿Cómo podemos proteger a las minorías de los caprichos de las mayorías?
  7. ¿Cómo le damos una expresión institucional a la idea de ciudadanía?
  8. ¿Cómo establecemos piedras angulares para soportar sociedades civiles dinámicas?

Aún así, los derechos son difíciles de hacer cumplir, son criticados, a menudo están en tensión entre sí y a veces son subvertidos por objetivos que son amorales o inmorales; en palabras del politólogo Zoltàn Bùzàs, el cumplimiento de los derechos humanos muchas veces es “legal, pero terrible”. Los derechos humanos pueden verse incluso como una enfermedad planetaria autoinmune en la que el cuerpo de lo político no logra su intento de servir el bien mayor y de forma inconciente promueve los intereses de plutócratas y hegémonos.


   

Extracts from "Dear Human Rights Movement"


Si los derechos humanos son también su respuesta, ¿cuál puede ser su pregunta? Quizá alguna de estas:

  1. ¿Cómo hablamos de parte de la humanidad para castigar a las personas con las que tenemos desacuerdos?
  2. ¿Cómo instituimos leyes globales para diseminar una forma particular de democracia supeditada a la supuesta sabiduría del mercado?
  3. ¿Hay alguna forma de crear un marco institucional que parezca que nos ayude a limpiar el daño colateral social y ecológico del capitalismo sin que lo interrumpamos?
  4. ¿Qué tipo de vehículo ideológico puede soportar al acaudalado Occidente en su afirmación de tener el uso legítimo de la fuerza en el mundo?
  5. ¿Podemos crear un mecanismo valioso bajo la premisa de la importancia de la vergüenza y la ira performativas que fue poco efectiva para abordar las causas centrales de los problemas?
  6. Si quisiéramos crear un conjunto de bases morales aparentemente axiomáticas y compartidas que nunca van a ser aceptadas por completo porque son específicas a un contexto histórico y cultural, ¿cómo lo hacemos?
  7. ¿Hay alguna forma de hacer parecer que la relación política más importante es entre el Estado y los ciudadanos, y así desviar la atención de la extracción del capital natural, de los actores financieros transnacionales que le arrancan los bienes a lo público y de una tecnología que coloniza el mundo?
  8. ¿Hay alguna forma de alienar a individuos particulares en lugares específicos al sugerir que un individuo abstracto idealizado es, en principio, más importante que ellos?

La tensión entre estos dos conjuntos de preguntas refleja un hecho importante: el derecho internacional de los derechos humanos es la expresión institucional de una convicción dudosa de que las batallas de la moralidad y la política de los derechos humanos ya han sido libradas y ganadas. Es probable que la batalla vaya a seguir de forma indefinida, y mientras lo hace, el movimiento de los derechos humanos haría bien en reorientarse a sí mismo hacia unas preguntas que guíen de mejor manera la acción en un universo cada vez más complejo moral y políticamente en donde ahora vive ese derecho internacional.

Aquí hay algunas de las preguntas vividas que deben hacerse para darle sentido al contexto de los derechos humanos hoy en día:

  1. En un mundo cada vez más definido por las fuerzas transnacionales de la ecología, la tecnología y las finanzas, ¿siguen siendo aptas las formas actuales de gobernanza basadas en los Estados-nación soberanos?
  2. En un mundo donde la ley se quiebra con frecuencia con impunidad, sin vergüenza, ¿debemos buscar la renovación del compromiso del Estado de derecho en distintas escalas y, si sí, cómo?
  3. En un mundo donde los procesos democráticos se usan para consolidar el poder plutocrático, ¿qué queremos que signifique el gobierno del pueblo, para el pueblo, por el pueblo?
  4. En un mundo de vigilancia basada en datos y de manipulación psicográfica, ¿es creíble pensar que las personas conocen sus propias mentes y actúan según sus propios intereses?
  5. En un mundo de burbujas con filtro, campañas de desinformación y la pérdida de la vergüenza epistémica, ¿es posible reclamar una esfera pública basada en una inteligibilidad compartida?
  6. En un mundo de colapso ecológico en aumento causado por el comportamiento humano que está moldeado por un modelo económico voraz, ¿dónde debemos enfocar nuestra atención?
  7. En un mundo de juegos económicos de suma cero (tener propiedades, extraer valor, amasar ganancias, obtener intereses) y de tecnologías privadas y potencialmente dañinas (como virus contagiosos creados a partir de biología sintética), ¿cómo podría la acción colectiva mitigar el riesgo catastrófico y existencial?
  8. En un mundo de problemas de escala planetaria, en el que miles de millones pueden ver morir a millones y todas las opciones disponibles necesitan una ruptura de principios, ¿cómo podemos ayudar a que ocho mil millones de personas internalicen la concepción de dignidad humana?

Estas son preguntas abrumadoras porque hablan de una nueva realidad política sobre la cual no tenemos las herramientas para actuar o para darle sentido. Aún así, el movimiento de los derechos humanos, que históricamente ha estado en la avanzada, puede desempeñar un papel para cambiar eso.


 

Extracts from "Dear Human Rights Movement". Art by Christopher Burrows (All rights reserved)


Algunas personas llaman a los derechos humanos una religión secular, y es difícil dejar ir los artículos de fe, pero me pregunto si es más útil comparar el régimen de los derechos humanos con la industria de combustibles fósiles. No estoy haciendo una equivalencia moral entre ellos, sino una morfológica. Los derechos humanos han sido una parte indispensable en el progreso emancipatorio durante décadas, pero así como las empresas de combustibles fósiles van (espero) a alejarse del carbón, el petróleo y el gas y volverse empresas de energía (alternativa), un movimiento que quiera dignidad, igualdad moral y capacidades podría tener que trascender e incluir un enfoque en los “derechos”.

El desafío es construir una solidaridad sin precedentes que no es ni inocente ni coercitiva, pero para eso se necesita una educación cívica transformativa a gran escala; no hay un atajo, así que no hay tiempo que perder. Esta es una batalla distinta por los derechos y debemos ir más allá de la concepción existente de los derechos humanos mientras seguimos fieles a la tradición; por ejemplo, Richard Rorty conecta el respeto a los derechos con la necesidad de educación sentimental, mientras que Amartya Sen y Martha Nussbaum afirman que le hacemos bien a los derechos si los pensamos como capacidades. Con esa reorientación en mente, y con base en mi colaboración con el filósofo de la educación Zak Stein, creo que las preguntas de arriba pueden destilarse en cinco desafíos interrelacionados que hablan de la encrucijada de la humanidad como un todo; y que también hablan de forma bien directa al capitalismo de vigilancia, al colapso climático, al autoritarismo, a las crisis de salud mental y a la necesidad de nuevos imaginarios sociales y economía política.

Inteligibilidad - ¿qué está pasando y cómo lo sabemos?

Capacidad - ¿la humanidad tiene lo necesario para hacer lo que debe hacer?

Legitimidad - ¿quién decide lo que debemos hacer y por qué?

Significado - ¿qué importa al final y cómo vivimos de acuerdo con ello?

Imaginación - ¿cómo se vería y sentiría un futuro viable?

Creo que estas son las preguntas prismáticas de nuestro tiempo. Aunque puedan parecer abstractas, son una guía de enorme importancia práctica y política. Luego de reflexionar sobre ellas, diría que, si hay una sola pregunta en la que el movimiento de los derechos humanos debe enfocarse, puede ser esta:

¿De quién es la responsabilidad de desarrollar la capacidad necesaria de nuestra especie de forma que mejore la inteligibilidad prevalente, clarifique nuestros patrones de legitimidad, profundice nuestra experiencia de significado y alimente nuestras imaginaciones, y cómo podemos hacer que lo cumplan?

La respuesta, si no me equivoco, es todos nosotros, y por eso es que la revaluación de la centralidad política de la educación a lo largo de la vida me da esperanza de ser el propósito unificador de la humanidad. En ese contexto, la política de los derechos humanos ya no es sobre todo una vigilancia de la relación entre el individuo y el Estado sino la construcción de capacidades culturales para lo que Elinor Ostrom llamó la gobernanza policéntrica. Una de las características más alentadoras de las acciones climáticas de los últimos años es el surgimiento de redes horizontales globalizadas de causas comunes en empresas, iglesias, ONG, ciudades, localidades y regiones. Con el tiempo, podríamos tener múltiples actores no estatales como unidades de ratificación, rendición de cuentas y ambición, que cooperen como tal.

Inspirado a lo lejos por la famosa pero errónea cita de Gandhi, diría que nuestro desafío es el siguiente: Nosotros (la sociedad civil global) debemos aprender (desarrollar nuestras capacidades cognitivas y afectivas) a convertirnos (crecer, realizar, moldear) en el cambio (la sanidad ecológica, la prosperidad sabia, la solidaridad social) que queremos ver y que necesitamos ser (para salvar al mundo de sí mismo).

El mundo está en llamas, de forma literal. Creo que las personas tienen el derecho a sobrevivir y prosperar y una responsabilidad para ayudar a que otras lo hagan, pero necesitamos aprender colectivamente a hacerlo. Un movimiento de los derechos humanos revitalizado puede y debería liderar el camino.

 

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ORIGINALLY PUBLISHED: October 22, 2020

Jonathan Rowson, PhD fue becario de la Open Society. Filósofo y cofundador y director de Perspectiva, un instituto de investigaciones en Londres que examina la relación entre sistemas, almas y sociedad. Es autor de The Moves that Matter: A Chess Grandmaster on the Game of Life (Bloomsbury, 2019).


 

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