¿Los actores subestatales complican nuestra forma de pensar sobre el “cosmopolitismo”?


En medio de una pandemia global, los caminos de mi comunidad rural en Connecticut están flanqueados por corazones rojos pintados en trozos de madera, como una señal de solidaridad con el personal de salud. A pocas horas de distancia, en los cinco barrios de la ciudad de Nueva York, la gente aclama, golpea ollas y toca música desde sus ventanas, balcones y escaleras de incendios todas las noches a las 7 p. m., cuando el personal de salud cambia de turno, en una demostración de aprecio similar. Rural o urbano, rojo o azul: el tema dominante en el discurso político de los EE. UU. durante gran parte de los últimos cuatro años ha sido el de nuestras diferencias crecientes y aparentemente irreconciliables. Podría parecer que los derechos humanos —un discurso que algunas personas (de la izquierda estadounidense) han descartado como demasiado “de élite” y otras (de la derecha) como demasiado “ajeno a los valores tradicionales”— fueron una de las víctimas de esta división. 

Pero a medida que la pandemia de COVID-19 se profundiza en todo el país y en todo el mundo, quienes estudiamos los derechos económicos estamos descubriendo que símbolos como los corazones rojos ofrecen un vehículo para conversaciones más profundas sobre las personas en riesgo y sobre la necesidad de contar con redes de seguridad social y garantías de ingreso mínimo, que existía desde mucho antes de la pandemia. El acceso básico a la atención de la salud, el cuidado infantil, la educación, la alimentación, un salario vital, las protecciones de seguridad en el lugar de trabajo (incluido el equipo de protección personal): todo esto es esencial para proteger no solo nuestra salud y capacidad individual de combatir el virus, sino también nuestro bienestar común y la dignidad humana en general. Si antes de la COVID-19 era difícil mostrar las interconexiones entre las personas y los derechos, ahora tenemos la oportunidad de hacerlo.

Si antes de la COVID-19 era difícil mostrar las interconexiones entre las personas y los derechos, ahora tenemos la oportunidad de hacerlo.

El virus ha afectado de manera desproporcionada a las personas de color en los Estados Unidos; y, con las tasas de desempleo más elevadas desde la Gran Depresión, también hay millones de personas de todas las razas, niveles de educación y de ingresos que acaban de quedar expuestas a la desarticulación económica y social. El personal de salud es muy diverso en términos de ingresos y educación, desde los médicos muy especializados y bien remunerados hasta los auxiliares de salud domiciliaria peor pagados. Al desplegar un corazón rojo en nuestra ventana, estamos diciendo, de manera implícita, que no hay diferencia entre ellos. Sin embargo, es probable que la imagen que tenemos del trabajador de la salud que merece nuestro agradecimiento y respeto no se parezca al trabajador más vulnerable. Los corazones rojos ofrecen la oportunidad de hacer una reflexión más profunda sobre quién está dentro (o fuera) de ese círculo de cuidado. Precisamente gracias a su legibilidad más allá de las divisiones políticas, el símbolo del corazón ofrece una oportunidad para preguntar por qué hay que ampliar los derechos, y cómo hacerlo. Para Harsh Mander, uno de los principales defensores de los derechos humanos de la India, esta es una política de amor radical y transformador

El cosmopolitismo —la idea de que todas las personas merecen respeto y tienen derecho a la protección, independientemente de su estado de ciudadanía u otras características— puede haber parecido algo difícil de alcanzar (o ingenuo) antes de la COVID-19. Pero ahora tenemos la oportunidad de aprovechar los símbolos emergentes y volver a imaginar su alcance y profundidad, comenzando por el corazón rojo. Mander insiste en que la movilización de la empatía es una de las acciones más importantes que podemos realizar. Aunque la movilización de la culpa y la vergüenza ha sido una táctica primordial de la promoción de los derechos humanos desde el abolicionismo del siglo XIX y el advenimiento de la defensa moderna de los derechos humanos del siglo XX, hoy en día la noción de amor transformador de Mander ofrece una forma creativa e inesperada de poder, una manera de interpretar y ejercer los derechos humanos que cruza las divisiones políticas y sociales en un momento en el que todos somos vulnerables (aunque en diferentes grados).  

A lo largo de la historia, las personas en los márgenes sociales y económicos de sus propias sociedades han sido de las principales impulsoras del cambio social basado en los derechos, aunque incluso en los márgenes hay distintos grados de privilegio. Con algunas excepciones notables, las historias convencionales de los movimientos sociales suelen ocultar esas distribuciones más complejas de poder y privilegio. Actores que no pertenecen a las élites han transformado las interpretaciones clásicas de los derechos humanos de maneras visionarias y pragmáticas que han tenido una influencia crucial en las prácticas y los discursos “dominantes” de los derechos humanos. Pero para entender esa dinámica, tenemos que estar dispuestos a llevar a cabo investigaciones de derechos humanos en las que las personas en los márgenes colaboren como socios (y no sujetos) de investigación. Y tenemos que estar abiertos a adoptar tácticas que amplíen la empatía en lugar de la vergüenza. Usar los corazones como base para entablar conversaciones más profundas sobre los derechos económicos y la vulnerabilidad humana es una forma de reinterpretación sutil pero audaz, con posibles consecuencias prácticas y más audaces. 

El pragmatismo de los defensores de los derechos económicos les ha permitido seleccionar con destreza los lugares más ventajosos para su lucha. Como expliqué en otro texto, los defensores de los derechos económicos se mueven entre las estructuras institucionales y los marcos normativos internacionales y nacionales para “hacer más que legitimar o cuestionar las normas internacionales vigentes. Pueden crear normas completamente nuevas o desarrollar las ya existentes que se han infrautilizado o ignorado”. Los fundamentos intelectuales de este trabajo implican alianzas no convencionales entre disciplinas y ubicaciones sociales que ofrecen a los colaboradores la flexibilidad de “minimizar, ignorar, redirigir, rechazar o aumentar las normas dominantes de derechos humanos y los modos tradicionales de defensa y promoción y, en el proceso, ampliar el alcance de la reivindicación y el carácter del cumplimiento”. El aprendizaje mutuo y la creación de estrategias en torno a los derechos económicos y la no discriminación entre las personas a nivel de base —independientemente de que sean rurales o urbanas— han ayudado a legitimar, ampliar y fundamentar el discurso de los derechos humanos, incluso antes de la epidemia de COVID-19.

Tenemos que estar abiertos a adoptar tácticas que amplíen la empatía en lugar de la vergüenza.

¿Qué pasaría si aceptamos la invitación para hablar sobre los patrones más profundos de exclusión en el “corazón” de la propagación de la COVID-19, y lo hacemos de una manera que fomente la conversación desde una perspectiva solidaria? Las estructuras de la injusticia son profundas y perdurables y nos ponen en riesgo —aunque de manera diferenciada. El deseo de aplaudir al personal de salud también está profundamente arraigado. ¿Podemos movilizar la empatía de manera que se entablen estas conversaciones incómodas en un momento en que todos somos mutuamente vulnerables? Tenemos el derecho y la obligación de intentarlo.