En un mundo de desigualdad radical, la solidaridad es una piedra angular de la justicia

¿Puede una clínica de derechos humanos, basada en una facultad de derechos bien financiada en los Estados Unidos, solidarizarse con los activistas en el Sur global?



Jean Marc Herve Abelard/EFE


Cuando regresé de mi licencia de maternidad en 2010, cambié el nombre de la clínica que imparto en NYU. Frustrada con las viejas estructuras y muchas de las reglas básicas para la defensa y promoción de los derechos humanos, quería quitar el énfasis en el marco jurídico de los “derechos” para transferirlo en cambio a la “justicia”, y situar nuestra complicada labor en un contexto global, en lugar de uno “internacional”.  El trabajo que me interesaba enseñar a mis alumnos tenía menos que ver con las cortes y los tribunales internacionales y más con la creación de alianzas para detener violaciones que cruzan las fronteras. En lugar de regresar a la Clínica de Derechos Humanos Internacionales que había (co)impartido durante muchos años, comencé a desarrollar la “Clínica de Justicia Global”. La atención se centraría en proyectos y casos —o quizás más precisamente, colaboraciones— en las que nuestro lugar en el mundo, como estudiantes de derecho y abogados dentro de una facultad de derecho con sede en los EE. UU., sería parte de la historia.

Rechazando la sensación incorpórea y errante de ser “actores internacionales” que deambulan por el mundo buscando “proyectos”, estaba ansiosa por abordar las antiguas críticas de los académicos de TWAIL y los activistas antirracistas al trabajar dentro de lo que llegué a llamar la “jurisdicción moral” de la Clínica: esos lugares y espacios donde las instituciones basadas en el Norte global —gobiernos, empresas, prácticas culturales y discursos— estuvieron implicadas de forma activa y directa en las violaciones de los derechos humanos, y donde teníamos algo valioso que aportar a los esfuerzos encabezados por quienes sufrieron directamente las repercusiones. Estos lugares, claro está, incluyen una gran variedad de comunidades, definidas en términos geográficos, económicos y culturales, que están en el extremo perdedor del capitalismo global neoliberal, desde la propia Ciudad de Nueva York hasta la cuenca del Amazonas y las colinas de Haití.

Estaba ansiosa por abordar unas antiguas críticas al trabajar dentro de lo que llegué a llamar la “jurisdicción moral” de la Clínica.

En este y un artículo posterior que se publicará en las próximas semanas, Nixon Boumba, aliado de la Clínica, y yo compartiremos algunas lecciones provisionales que hemos aprendido de este trabajo. El siguiente artículo se centrará en el trabajo conjunto que ha realizado la Clínica con activistas haitianos. Desde 2013, la Clínica de Justicia Global (GJC, por sus siglas en inglés, o “la Clínica”) se ha aliado con un movimiento social en Haití que se organizó para afirmar la autodeterminación haitiana sobre la cuestión emergente de la minería industrial de oro. Conformado por numerosos grupos de derechos humanos, campesinos y movimientos sociales haitianos, para enero de 2013, el Kolektif Jistis Min (KJM) había descubierto información importante sobre empresas estadounidenses y canadienses que tenían permisos para la investigación, exploración y explotación de oro en Haití. Sin embargo, también tenían muchas preguntas sin responder y buscaron apoyo para avanzar en sus objetivos. La Clínica y KJM entablaron un diálogo exploratorio para determinar cómo podríamos trabajar juntos. Al principio, planteamos la relación como destinada a fomentar los derechos humanos en el sector de la minería de oro. Seis años después, vemos el trabajo como una oposición conjunta al desarrollo de la industria minera de oro haitiana en sí. Este cambio, de una posición que manteníamos como “neutral” con respecto a los sectores extractivos en Haití a una en la que expresamos de forma conjunta nuestra oposición al extractivismo en sí, encapsula nuestro aprendizaje durante los últimos seis años.

Lo más importante en estas épocas tan tumultuosas es extraer lecciones sobre cómo y cuándo es posible crear lazos de verdadera solidaridad cruzando enormes divisiones.

Durante este tiempo, hemos logrado mucho juntos. Es importante señalar que buena parte de nuestro trabajo conjunto fue posible gracias al liderazgo de los activistas haitianos y también al trabajo visionario de una talentosa abogada estadounidense y exalumna de la GJC: Ellie Happel, ahora codocente de la GJC y directora del trabajo de la Clínica en Haití, que vivió más de cinco años en Puerto Príncipe. Esta proximidad era crucial y poco común.  Mucho de nuestro trabajo se asemeja a los esfuerzos tradicionales de defensa y promoción de los derechos humanos, lo que incluye una audiencia ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, un informe exhaustivo sobre el sector minero, informes paralelos presentados ante varios mecanismos de la ONU, un análisis cuidadoso de un proyecto de ley sobre minería que favorecía a las empresas y una queja sobre el papel del Banco Mundial en la promoción de ese proyecto de ley presentada ante el Panel de Inspección (la queja fue rechazada por un tecnicismo). Otras actividades han sido más innovadoras y empoderadoras, como el apoyo a los “10 días de acciones” de KJM, en los que el movimiento recibió a activistas latinoamericanos y africanos opuestos a la industria minera durante diez días de intercambio y aprendizaje colectivo, y un estudio de referencia sobre el agua que llevamos a cabo con comunidades locales dentro del área que abarca un permiso de explotación de oro.

Aunque sería posible identificar diversos niveles de “éxito” y “fracaso” para diferentes aspectos de este trabajo, nos parece que lo más importante en estas épocas tan tumultuosas —en Haití y en el mundo de los derechos humanos en términos más amplios— es extraer lecciones sobre cómo y cuándo es posible crear lazos de verdadera solidaridad cruzando enormes divisiones de privilegio, geografía, idioma, cultura, educación y más. Estas lecciones son esenciales para la época que se avecina, a medida que luchamos por unir fuerzas en oposición a las violaciones de derechos humanos derivadas del cambio climático, la represión autoritaria y las respuestas xenófobas a la migración.

Cuando comencé a pensar en escribir estos artículos, enseguida se hizo evidente que lo correcto sería escribirlos junto con un colega del movimiento con el que estamos colaborando. Después de todo, ¿qué podría decir yo sobre la solidaridad que tuviera sentido si no se construye a partir del conocimiento conjunto? El siguiente artículo se centrará en condensar hilos de conversaciones que muchos de nosotros hemos tenido a través de los años. Se hará eco de algunos temas bellamente expresados por Harsh ManderCésar Rodríguez-GaravitoRegan Ralph y otros que han pedido un énfasis renovado en la solidaridad. Nuestro objetivo es arrojar luz sobre la manera en que pueden funcionar las alianzas de derechos humanos, incluso aquellas construidas en el contexto de increíbles desigualdades, quizás especialmente en estos tiempos difíciles. 

 

ORIGINALLY PUBLISHED: February 13, 2020

Meg Satterthwaite es directora académica del Instituto Robert L. Bernstein de Derechos Humanos y directora académica del Centro de Derechos Humanos y Justicia Global, en la Facultad de Derecho de NYU.


 

COMMENTS
Stay connected! Join our weekly newsletter to stay up-to-date on our newest content.  SUBSCRIBE