La protección de las lenguas minoritarias es una obligación en materia de derechos humanos

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Crecí hablando galés. Al igual que muchas personas que hablan lenguas minoritarias, aprendí desde muy temprano que la lengua no es solo una forma de comunicarse, sino que también determina cómo aprendes, cómo entiendes tus derechos y cómo participas en la vida pública.

Cuando un Estado no reconoce tu idioma, cada interacción se vuelve más difícil. Esto complica tareas que, de otro modo, serían sencillas, como rellenar formularios, entender documentos legales o acceder a la asistencia sanitaria. Incluso participar en la democracia puede convertirse en un reto. Lo que a menudo se presenta como una «cuestión cultural» es, en realidad, una cuestión de igualdad, dignidad y acceso a la vida pública.

Sin embargo, los Estados tratan con demasiada frecuencia la protección de las lenguas minoritarias como algo simbólico u opcional, en lugar de como una obligación legal. Esta lógica es profundamente errónea. La lengua es la vía principal a través de la cual las personas acceden a sus derechos, interactúan con las instituciones y participan plenamente en la sociedad. Si los ciudadanos no pueden utilizar su lengua materna en la educación, la atención sanitaria, los sistemas jurídicos o los servicios públicos, se les niega de hecho el acceso en igualdad de condiciones a los derechos garantizados por el derecho internacional.

El reto de hacer cumplir la protección de los derechos lingüísticos

Las normas internacionales de derechos humanos son claras. La Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de las Personas Pertenecientes a Minorías Nacionales o Étnicas, Religiosas y Lingüísticas afirma que los Estados deben permitir a las minorías utilizar su propia lengua en la vida privada y pública, y el Convenio Marco para la Protección de las Minorías Nacionales exige a los Estados que protejan y promuevan activamente las lenguas minoritarias en los servicios públicos, la educación, los sistemas judiciales y los medios de comunicación. Los derechos lingüísticos no tienen que ver con el folclore o el patrimonio cultural; garantizan la igualdad sustantiva.

Sin embargo, el reconocimiento legal a menudo no se traduce en la realidad cotidiana. Irlanda del Norte ofrece un claro ejemplo. La Ley de Identidad y Lengua (Irlanda del Norte) de 2022 debería haber sido un hito para el reconocimiento de la lengua irlandesa. Reconoce formalmente el irlandés como lengua de Irlanda del Norte, establece un Comisionado de la Lengua Irlandesa y obliga a las autoridades públicas a considerar la provisión de servicios en irlandés. Sin embargo, la Ley no confiere un derecho justiciable a acceder a los servicios públicos, la educación o los procesos jurídicos y sanitarios en irlandés. En la práctica, los hablantes de irlandés siguen enfrentándose a barreras estructurales, como el acceso limitado a la educación en irlandés, la disponibilidad irregular de servicios públicos en irlandés y la exclusión habitual del irlandés de las interacciones jurídicas y sanitarias. El reconocimiento existe sobre el papel, pero los mecanismos de aplicación siguen siendo débiles o inexistentes.

Esto crea un «déficit de igualdad sustantiva», es decir, el reconocimiento formal no garantiza un acceso significativo. Los datos del censo de la Agencia de Estadística e Investigación de Irlanda del Norte muestran que el 16 % de los adultos declaró tener algún conocimiento del irlandés en 2024-25, con porcentajes más elevados entre los católicos (35 %), los adultos de entre 16 y 34 años (19 %) y las personas que viven en zonas rurales (21 %). Sin embargo, una proporción mucho menor de la población posee habilidades funcionales reales. Solo el 14 % de los adultos entiende el irlandés, mientras que el 10 % lo habla, el 8 % lo lee y el 6 % lo escribe. Además, el uso cotidiano de la lengua sigue siendo extremadamente limitado, ya que solo el 1 % de los encuestados utiliza el irlandés a diario en casa y prácticamente ninguno lo emplea en el ámbito social.

En conjunto, estas cifras revelan un ciclo que se refuerza a sí mismo. Las limitadas oportunidades de utilizar el irlandés en la vida pública reducen los incentivos para adquirir y mantener habilidades funcionales, mientras que los bajos niveles de fluidez y uso se citan a su vez para justificar la ausencia de servicios en lengua irlandesa. En última instancia, cuando la brecha entre el reconocimiento oficial y la accesibilidad real no solo persiste, sino que además desalienta activamente el estudio y el uso de la lengua, se socavan los mismos derechos que el reconocimiento formal debería proteger.

Para los hablantes de irlandés en Irlanda del Norte, los derechos lingüísticos no son algo abstracto. Determinan si los pacientes pueden describir sus síntomas con precisión, comprender el consentimiento o interactuar con los servicios públicos directos. Cuando el acceso al idioma depende de la discrecionalidad en lugar de derechos exigibles, la exclusión se convierte en una barrera práctica, no simbólica.

Una historia de éxito

Contrastemos la situación en Irlanda del Norte con la de Gales. Durante las últimas tres décadas, el galés ha pasado de ser una lengua minoritaria vulnerable a una protegida mediante derechos legales exigibles. La Ley de la Lengua Galesa (Gales) de 2011 estableció normas lingüísticas vinculantes para todos los organismos públicos y creó la figura del Comisionado de la Lengua Galesa como regulador independiente con poderes de ejecución. Las instituciones públicas deben prestar servicios en galés y cumplir con la supervisión oficial o afrontar las consecuencias del incumplimiento.

Esta infraestructura basada en los derechos ha cambiado radicalmente el estatus del galés. La lengua se ha normalizado en la educación, la administración pública, la sanidad y la vida cultural. Las autoridades públicas, los proveedores de servicios y las instituciones gubernamentales tratan cada vez más el galés como una lengua legítima de gobernanza, en lugar de un mero indicador de patrimonio. Y los informes de cumplimiento publicados por el Comisionado de la Lengua Galesa muestran un aumento en la prestación de servicios y un cambio cultural más amplio. Es fundamental señalar que estos cambios se lograron mediante la ley, la rendición de cuentas y el compromiso institucional, no solo con buena voluntad.

El activismo y el reconocimiento simbólico no son suficientes. Las lenguas minoritarias requieren financiación sostenible, supervisión independiente, obligaciones legales exigibles y una fuerte voluntad política. Sin estas estructuras, la protección sigue siendo frágil y reversible.

Los derechos lingüísticos son un imperativo de derechos humanos

El trato que reciben las lenguas minoritarias tiene implicaciones globales en materia de derechos humanos. La exclusión lingüística está estrechamente vinculada a la marginación política, la reducción de la participación ciudadana y la desigualdad cultural. Académicos como Tove Skutnabb-Kangas sostienen que la supresión lingüística funciona como una discriminación estructural, limitando el acceso a la educación, el empleo y la participación democrática. Skutnabb-Kangas, lingüista finlandesa y experta en educación de minorías que fue pionera en el estudio de la supresión lingüística, acuñó el término «linguicismo» para describir la discriminación basada en el idioma. Sostuvo que restringir las lenguas minoritarias —especialmente en las escuelas— constituye un genocidio lingüístico y una violación de los derechos humanos.

Cuando las personas no pueden acceder a la administración pública en su propio idioma, quedan efectivamente excluidas del contrato social. Reformular la protección de las lenguas minoritarias como una obligación de derechos humanos desplaza el debate de la política identitaria hacia la responsabilidad jurídica. La lengua no es una elección de estilo de vida. En todo el mundo, es un componente fundamental de la dignidad, la autonomía y la ciudadanía en igualdad de condiciones.

Para Irlanda del Norte, esto significa ir más allá del reconocimiento simbólico y adoptar una aplicación plena basada en los derechos. Requiere el establecimiento de normas lingüísticas exigibles, una supervisión reguladora independiente, una prestación coherente de servicios públicos y una inversión institucional a largo plazo. Sin estas medidas, la promesa de la igualdad lingüística sigue sin cumplirse.

A nivel mundial, la lección es sencilla pero contundente: los derechos lingüísticos no se refieren a preservar el pasado, sino a permitir la participación en igualdad de condiciones en el presente. Para que los derechos humanos tengan sentido, deben ser accesibles en las lenguas que las personas utilizan realmente en su vida cotidiana.

La lengua no es un accesorio cultural de los derechos; es la infraestructura a través de la cual los derechos existen en primer lugar.