“Soy resiliente; de lo contrario no estaría aquí hablando con ustedes.”
Estas palabras, que escuchamos durante una entrevista con una persona defensora de derechos humanos de la India, reflejan la verdad detrás de muchos titulares recientes sobre derechos humanos: la resiliencia ya existe. Activistas y ONG, particularmente en el Sur Global, nacieron de las crisis y de la necesidad de enfrentarlas. La crisis actual no tiene precedentes en muchos sentidos, es global y golpea el corazón de aquello en lo que creemos y por lo que luchamos. Y los gobiernos que la impulsan cuentan con apoyo público, aun cuando manipulan ese apoyo para servir a sus propios intereses.
El campo de los derechos humanos está siendo objeto de ataques continuos en todo el mundo, desde Estados Unidos hasta Hungría y El Salvador. La extrema derecha está instrumentalizando el nacionalismo y el miedo, desmontando protecciones y criminalizando la disidencia. El espacio cívico se está reduciendo drásticamente. Es una tormenta perfecta en la que la represión se combina con el recorte de gastos. A las ONG y a las y los activistas se les insta a “mantenerse fuertes” mientras se erosionan los cimientos de su supervivencia.
La cuestión no es si las y los actores de derechos humanos son resilientes. Lo son. La pregunta es si podemos cultivar una forma de resiliencia arraigada en una transformación sistémica, política y humana.
La resiliencia es política, no solo personal
En 2024 entrevistamos 48 activistas, donantes y personas investigadoras de todo el Sur y el Norte Global para entender cómo quienes trabajan en el campo de los derechos humanos conciben y construyen la resiliencia, y qué más se puede hacer al respecto. Las entrevistas y la investigación documental relacionada revelaron un panorama complejo. Identificamos condiciones y capacidades en múltiples niveles —desde el individual hasta el del campo de los DDHH— necesarias para cultivar resiliencia. Nuestras conclusiones confirman algo que muchas personas ya saben: la resiliencia no es simplemente un rasgo individual ni un resultado organizacional. En realidad, es profundamente multidimensional y está moldeada por las relaciones de poder, por el contexto, por la desigualdad estructural y por la decisión de quienes controlan los recursos de escuchar o imponer sus propias prioridades.
Muchas personas activistas —especialmente quienes participan de movimientos feministas y antirracistas— expresaron incomodidad con la forma en que la “resiliencia” se ha convertido en una palabra de moda en la sociedad civil y en los círculos de financiamiento en los últimos años. Consideran que este uso superficial del término a menudo no enfrenta las causas estructurales de la opresión —o peor aún— termina trasladando la responsabilidad sobre las personas defensoras ya de por sí exhaustas.
Como señaló una de las personas entrevistadas: “Con frecuencia la resiliencia se promueve desde visiones patriarcales y capitalistas del mundo que fomentan el conformismo, la resignación y la preservación del mismo statu quo que creó la necesidad de resiliencia en primer lugar.”
Lo que las personas defensoras están pidiendo no son menos exigencias, sino mayor honestidad sobre lo que realmente significa la resiliencia y quiénes son responsables de ella.
Un marco holístico para una realidad compleja
Nuestro estudio redefine la resiliencia en torno a cuatro pilares, que denominamos las 4 Cs: Complejidad, Contexto, Cultivo y Cuidado.
La resiliencia es compleja. No puede reducirse a una lista de verificación ni medirse únicamente mediante métricas de fortalecimiento organizacional. Abarca a personas, organizaciones, redes y donantes, todos elementos clave para que un ecosistema de la sociedad civil pueda prosperar.
La resiliencia se manifiesta de manera distinta según el contexto. Lo que funciona en un lugar puede fallar en otro. Las dinámicas de poder, las trayectorias culturales y los riesgos políticos influyen en cómo las personas defensoras responden y se recuperan.
La resiliencia debe cultivarse. No aparece automáticamente. Requiere una inversión intencional en liderazgos que compartan el poder, en comunidades que faciliten espacios para la sanación y en políticas institucionales que pongan en el centro la equidad y el bienestar.
La resiliencia exige cuidado como un acto político, no como algo accesorio. El descanso, la protección, el apoyo emocional y la comunidad no son lujos. Son herramientas de resistencia.
Fig. 1. Rueda de la resiliencia holística (Resiliencia con 4 Cs)
Lo que hemos llamado la Rueda de la Resiliencia Holística recoge esta visión. Describe 14 condiciones y capacidades interconectadas que se refuerzan mutuamente y que permiten que la resiliencia eche raíces y florezca. Estos facilitadores de la resiliencia se agrupan en tres ámbitos: esperanza, cuidado y protección; necesidades económicas y financieras; y poder y participación. Como señaló una activista: «La resiliencia es más que el fortalecimiento organizacional. Se trata de las condiciones que nos permiten seguir luchando —y sanando— juntas».
No todos los elementos de la Rueda serán relevantes para todas las personas, y reconocemos que no es exhaustiva. Lo fundamental es que no es necesario que todos sus elementos estén en movimiento para que la Rueda gire. Lo más importante es la intencionalidad, la priorización y la autonomía, que son las que determinan las necesidades de cada persona u organización.
Las financiadoras deben asumir una responsabilidad compartida
Ante un mayor escrutinio, muchas organizaciones filantrópicas están cambiando sus prioridades o no se deciden a contrarrestar los billones de dólares que financian iniciativas anti-derechos. En un contexto de creciente represión y de reducción de los presupuestos de cooperación internacional en todo el Norte Global, las instituciones filantrópicas no están dispuestas o no son capaces de responder con la urgencia y la escala que la situación exige.
La mayoría de personas participantes señalaron con claridad que las entidades financiadoras deben replantear su forma de operar: ofrecer apoyo flexible y de largo plazo, reducir las exigencias de reporte, y establecer relaciones basadas en la confianza en lugar del control. Sin embargo, en el contexto actual, algunas entidades financiadoras siguen mostrándose reacias a cambiar sus prácticas.
Lo que se necesita es un compromiso con la transformación. Esto implica adoptar prácticas de financiación que aborden los desequilibrios de poder, permitan la experimentación y el descanso, y den cabida para que las organizaciones financiadas definan el éxito en sus propios términos. Por lo tanto, el papel de las financiadoras no es prescribir cómo debe ser la resiliencia, sino escuchar, apoyar y generar las condiciones para que pueda desarrollarse.
La resiliencia ya existe, pero necesita apoyo
Las personas activistas siempre han perseverado frente a la adversidad. La resiliencia ya está presente en la esperanza, el coraje y la capacidad de adaptación de quienes siguen defendiendo derechos. Sin embargo, estos esfuerzos a menudo no reciben reconocimiento ni apoyo. Como señaló una persona participante: “La turbulencia, las crisis y las disrupciones son parte de nuestra realidad cotidiana. La resistencia y la adaptación están en nuestro ADN.”
Lo que está ocurriendo ahora no es simplemente uno o dos años difíciles más. Es un punto de inflexión global para el movimiento de derechos humanos. Los líderes autoritarios están poniendo a prueba los límites de la impunidad. Las financiadoras están reajustando sus prioridades. La primera línea se está volviendo cada vez más solitaria.
Pero este momento también puede ser una oportunidad para sostener conversaciones honestas y transformar de verdad la manera en que se entiende la resiliencia, para empezar a abordarla no como una carga individual, sino como una responsabilidad compartida entre activistas, organizaciones y donantes que las apoyan.
Los resúmenes de la investigación "Resiliencia con 4Cs" que dio origen a este artículo pueden leerse en los siguientes enlaces: en español en portugués y en inglés.