Nueva tendencia, viejas raíces: la “internacionalización” en la historia de Amnistía

Para Amnistía Internacional, la tendencia cada vez mayor hacia la “internacionalización” tiene raíces muy antiguas. 


By: Susan Waltz
March 2, 2015

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La decisión que tomó Amnistía Internacional de experimentar con nuevas estructuras de activismo en el sur global y dispersar muchas de las funciones de su Secretariado Internacional con base en Londres a diversos núcleos alrededor del mundo ha detonado un animado debate dentro y fuera de la organización. El proyecto organizacional de varios años aún está en curso, y no es posible evaluar sus resultados inmediatamente. Pero una cosa es cierta: “internacionalizar” no es un objetivo nuevo para Amnistía. El esfuerzo reciente es de mayor magnitud, más ambicioso y más dramático que las iniciativas anteriores, pero sería un error considerar al proyecto “Closer to the Ground” (Acercarse al terreno) como si no estuviera conectado con los esfuerzos y compromisos que han caracterizado a la organización durante décadas.

El compromiso formal de AI a tener presencia en todo el mundo data de 1989, cuando los delegados ante el Consejo Internacional de AI (el organismo supremo de toma de decisiones de la organización) declararon que el desarrollo de la membresía era una prioridad organizacional superior. Para principios de los años noventa, AI gastaba cerca del 10% de su presupuesto internacional en ampliar y respaldar sus estructuras de membresía federadas más allá de Europa y Norteamérica. Sin embargo, a pesar que se emprendieron esfuerzos coordinados durante un periodo extenso, los resultados fueron decepcionantes. En la década de los noventa, AI dio la bienvenida a aproximadamente una docena de secciones nuevas, incluidas las de Corea del Sur, Argelia, Nepal, Benin, Taiwán y Eslovenia, pero al final tuvo que cerrar varias secciones en las que había invertido fuertemente. Parte del problema fue que se exigía de las secciones de AI más de lo que era razonable para un grupo pequeño de voluntarios, en cualquier país, particularmente sin contar con el apoyo de un organizador de campo ubicado en el lugar.

Otra limitación inherente era que el programa de AI se enfocaba principalmente en las violaciones en otros países, algo que resultaba difícil de promover entre los voluntarios que querían resolver problemas urgentes en sus países de origen. Los activistas para los que AI resultaba atractiva como una organización internacional políticamente imparcial y con la reputación de actuar con eficacia se unieron con gusto a las campañas temáticas globales, pero a menudo les parecía onerosa la labor de mantener una mesa directiva de voluntarios, recaudar fondos y participar en los debates internos sobre las políticas de AI. La carga se volvía aún más pesada cuando estas tareas organizacionales requerían traducciones del y al idioma local. El crecimiento tendía a aumentar las exigencias, los gastos y las expectativas, y el liderazgo local de algunas secciones se resistía abiertamente a las presiones para aumentar el número de miembros.

Para la organización como un todo, ésa no era una respuesta satisfactoria. Los líderes de voluntarios y los altos directivos del Secretariado Internacional de Amnistía estaban comprometidos a expandir la organización y ayudar a desarrollar una presencia local en materia de derechos humanos alrededor del mundo. Sus motivaciones eran, y son, complejas; un punto matizado pero importante en el contexto actual. Para empezar, la noción de solidaridad está profundamente arraigada en los valores y la cultura organizacional de AI. Amnistía se fundó a partir de una visión de los derechos humanos como un bien colectivo, y durante más de cincuenta años, sus miembros han encontrado significado y motivación en la idea de que las personas comunes, dondequiera que vivan, comparten un interés en alzar la voz contra las violaciones de derechos humanos, dondequiera que ocurran. Desde el principio, los miembros de AI buscaron ser parte de un movimiento internacional, y la regla original que restringía el trabajo en el propio país fue una de las maneras de reforzar la norma de solidaridad.


Flickr/Amnesty International (Some rights reserved)

A 2009 Amnesty International demonstration in Bangladesh in support of global solidarity day for Iran. Amnesty International has promoted global solidarity as an essential tool in the continuous struggle for human rights since its inception.


Conforme la organización fue creciendo, los miembros de Amnistía en diferentes países buscaron maneras de tener un diálogo más directo entre ellos, más allá de las divisiones nacionales y las restricciones culturales. AI estaba ansiosa por aumentar su diversidad interna, al elegir miembros de todo el mundo para su mesa directiva internacional, aplanar la estructura electoral para fortalecer la representación de las estructuras de menor tamaño, ordenar un nivel mínimo de gasto para el apoyo a las secciones pequeñas de AI, establecer unidades de traducción y hacer posible el acceso a viáticos y otros recursos para asegurar que los miembros de AI de estructuras más pequeñas tuvieran la oportunidad de influir en el plan estratégico de la organización y en su programa de trabajo.

Si bien la proporción de miembros de países no industrializados seguía siendo escasa, las numerosas consultas y los esfuerzos para integrar las inquietudes de los activistas de AI de todo el mundo tuvieron un efecto palpable en la naturaleza y el enfoque de su trabajo. Así, los miembros de AI del sur global contribuyeron a que la organización encontrará la manera de trabajar en temas como los derechos de la mujer, la impunidad, el VIH-SIDA y los derechos económicos y sociales, entre otros. Como anécdota conmovedora, recuerdo un debate en la reunión del Consejo Internacional de AI en 1995, cuando varios delegados de África argumentaron apasionadamente que si no comenzaba a trabajar en el tema de la mutilación genital femenina, Amnistía se volvería irrelevante para sus sociedades.

Para cuando se celebró la Conferencia Internacional de Derechos Humanos en 1993, AI comprendía que construir un movimiento global de derechos humanos no era simplemente un reflejo de valores cosmopolitas.

Para cuando se celebró la Conferencia Internacional de Derechos Humanos en 1993, AI comprendía que construir un movimiento global de derechos humanos no era simplemente un reflejo de valores cosmopolitas. Se había convertido en un imperativo estratégico. La forma más convincente de defender la universalidad era demostrar un apoyo a los principios universales de derechos humanos, en todos los rincones del mundo. La Cumbre de Defensores de Derechos Humanos de París, patrocinada de manera conjunta por Amnistía y la FIDH en 1998, se realizó, entonces, con la intención de promover la creación de vínculos entre las organizaciones locales de derechos humanos de todo el mundo, muchas de las cuales apenas comenzaban a trabajar con la tecnología digital. Desde aquel momento, ha habido muchas oportunidades para apreciar el valor estratégico de las campañas coordinadas sobre temas tan diversos como la Corte Penal Internacional, el tratado de comercio de armas y los Objetivos de Desarrollo del Milenio. También se ha hecho evidente que hoy en día es mejor librar las luchas por los derechos humanos en territorio local que desde las capitales extranjeras.

Éste, entonces, es el telón de fondo frente al que se desarrollan las conversaciones actuales. Al pasar de los años, AI ha probado numerosas estrategias para ampliar su presencia organizacional y fomentar la difusión del activismo de derechos humanos. Ha alternado entre subsidiar estructuras de membresía y promover la autosuficiencia a través de préstamos de recaudación de fondos. Ha invertido en extensos programas de capacitación para los líderes de miembros, desarrollado indicadores integrales de desempeño e implementado herramientas de diagnóstico para auditorías organizacionales. Durante casi una década, experimentó con dar atención prioritaria a unas cuantas estructuras nacionales, y a finales de los noventa comenzó a construir pequeñas oficinas fuera de Londres.

Todos estos esfuerzos han generado resultados positivos, pero que no han sido proporcionales a las esperanzas y las expectativas. Durante los últimos años, el liderazgo de AI ha determinado que para que la organización esté en una posición adecuada para enfrentar los desafíos futuros se requiere como mínimo una revisión radical. Los costos han sido altos, particularmente en términos de la rotación de personal. Pero así como hay más de una razón para que una ONG internacional como Amnistía se “internacionalice”, también hay más de una manera de evaluar los costos.

Una generación anterior de activistas de derechos humanos exigía “¡los derechos humanos ahora!”, y sus integrantes se convencieron entre ellos de que la protección de los derechos humanos era algo que se podía lograr de una vez por todas. Ahora entendemos que la búsqueda de los derechos humanos es una batalla continua. El desafío es encontrar, y siempre seguir renovando, los medios adecuados para llevarla adelante.

 


Susan Waltz es profesora de Políticas Públicas en la Escuela Ford de Políticas Públicas de la Universidad de Michigan. Es coautora del sitio web Human Rights Advocacy and the History of International Human Rights Standards (El activismo de derechos humanos y la historia de los estándares internacionales de derechos humanos). De 1993 a 1999 fue parte de la mesa directiva internacional de Amnistía Internacional.


 

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