¿Qué pueden revelar los enfoques interseccionales sobre las experiencias de violencia?

Los métodos interseccionales arrojan luz sobre la variación del sufrimiento humano, y el género es solo uno de los diversos factores que configuran las experiencias con la violencia.




Las perspectivas feministas de la segunda ola que han resurgido recientemente y están plasmadas en la “Declaración sobre los derechos de la mujer basados en el sexo” condenan los análisis de género, por descentralizar a las mujeres o por distinguir entre “género” y “sexo”. No es de sorprender que esta “declaración” haya recibido un apoyo tan amplio (de 256 organizaciones), ya que los movimientos a favor del cambio suelen desencadenar movimientos que se les oponen cuando atentan contra los intereses materiales, culturales o simbólicos de quienes se benefician del statu quo. Utilizando como ejemplo la desvictimización de los hombres asesinados o desaparecidos en México, sostengo que los enfoques interseccionales son más eficaces para entender todas las formas de violencia, incluida la violencia sexual, que estos análisis de segunda ola.  

En respuesta a la “Declaración sobre los derechos de la mujer basados en el sexo”, Laura Stemple sostiene que la competencia por los recursos materiales explica por qué algunas feministas de la segunda ola tienden a considerar que la victimización de las mujeres es más digna de compasión y, por consiguiente, de recursos materiales que la de los hombres. William Paul Simmons ofrece una explicación adicional cuando señala no solo que algunos análisis se perciben como “verdaderos” porque se ajustan a las narrativas aceptadas, sino también que algunos pueden incluso contribuir a la injusticia al definir a ciertas personas como “conocedores inferiores”.  

Para ilustrar cómo estos lugares comunes contribuyen a la injusticia, ofrezco ejemplos de México, donde más de 200,000 personas han muerto y decenas de miles han desaparecido desde que comenzó la guerra contra los cárteles del narcotráfico (a finales de 2006) (Redacción de Reuters, 26 de abril de 2018; Booth, 29 de noviembre de 2012). Según los datos, aunque una mayoría abrumadora de las personas asesinadas o desaparecidas son hombres (a manos de otros hombres), la opinión pública considera que las mujeres y los niños tienen más probabilidades de ser víctimas de esos delitos. Esta concepción errónea se puede explicar en parte por el cliché patriarcal de que “las mujeres y los niños” (que a menudo se lee “las mujeres, que son como niños”) siempre necesitan protecciones adicionales. Y lo que es peor, la indiferencia ante las decenas de miles de hombres desaparecidos y asesinados es posible porque a los hombres pobres e indígenas se les niega un sitio en el marco conceptual vigente que determina quién es digno de compasión. De hecho, siempre se sospecha que los hombres desaparecidos estaban inmiscuidos en el narcotráfico, como si no hubiera otra explicación posible para la violencia que sufren salvo su propia delincuencia. En parte, los jóvenes de Ayotzinapa —que fueron detenidos por la policía mexicana y después desaparecieron en 2014— escaparon de esa “desvictimización” porque se les definió como estudiantes. Cabe destacar que esta brecha de empatía con respecto a los hombres víctimas de violencia no es exclusiva de México. Es evidente en el apoyo a los escuadrones de la muerte en Brasil. También es evidente en la insensibilidad del escándalo de los “falsos positivos” en Colombia durante el gobierno del presidente Álvaro Uribe (2002-2010) cuando los soldados “inflaban sus cifras de muertes atrayendo con engaños y después asesinando a civiles [varones] a los que, post mortem, vestían y presentaban para que pareciera que habían muerto en combate”. Como señaló Rachel Schmidt en una correspondencia personal reciente entre nosotras, “incluso el término ‘falsos positivos’ borra la violencia de estos asesinatos”.  

Y si bien hay un sinfín de ejemplos de la desvictimización de los hombres de muchas partes del mundo, quiero dejar claro que la violencia y la explotación sexual sí están marcadas por el género, aunque sus víctimas sean personas de todos los géneros. La forma en que se asesina a las mujeres en México —el hecho de que rutinariamente las asesinan con exceso de violencia y las mutilan sexualmente— cristaliza la idea patriarcal de algunos hombres de que tienen derechos sobre los cuerpos de las mujeres, así como la misoginia de sus esfuerzos por poner a las mujeres en su “lugar sexual”. Los feminicidios en México ejemplifican lo que sucede cuando esa idea de derecho patriarcal coincide con la violencia crónica y generalizada. Pero los hombres cuyos cuerpos son disueltos en ácido por el “pozolero” de un cártel, o que se exhiben decapitados en los puentes, también sufren muertes dolorosas e inhumanas, aunque sus cuerpos no se sexualicen con tanta frecuencia, o de la misma manera, que los cuerpos feminizados. Así, aunque la violencia está marcada por el género, los feminicidios están vinculados de manera inextricable con la violencia generalizada que se produce a partir de la interacción entre el patriarcado, el capitalismo neoliberal y un sistema de justicia penal débil. Si la impunidad que ha prevalecido desde que el país hizo la transición a la democracia electoral en el año 2000 ha permitido a los delincuentes sacar provecho de aterrorizar a la sociedad, una lente interseccional exhibe los efectos diferenciados del terror. Los ricos pueden resguardarse mejor detrás de sus muros de alta seguridad, algunos con guardias de seguridad privada y muchos con dispositivos de vigilancia. Los pobres no tienen esas protecciones, como tampoco las tienen las personas que fueron expulsadas de sus hogares por sus identidades sexuales o de género no conformes.

Aunque la violencia está marcada por el género, los feminicidios están vinculados de manera inextricable con la violencia generalizada que se produce a partir de la interacción entre el patriarcado, el capitalismo neoliberal y un sistema de justicia penal débil.  

Una lente interseccional revela el hecho de que en un acto de violencia se manifiestan varias dinámicas sociales a la vez. Los enfoques interseccionales no solo dan por sentado los conceptos básicos de la triada sociológica —raza, clase, género— sino que también analizan cómo se entrecruzan diversas variables en un caso dado. Las feministas negras desarrollaron este método para examinar todo el contexto y la importancia social de la acción. Puesto que la violencia sexual está impregnada de significado, es más que un acto de poder bruto ejercido sobre una persona contra su voluntad. Como tal, la violación de un hombre no es menos significativa ni deshumanizante.  

En resumen, una lente interseccional evita la trampa “esencialista” del feminismo de segunda ola al desentrañar las maneras en que ocurre la violencia a partir de la intersección de distintas formas de alteridad. Además, por virtud de su carácter antirreduccionista, los análisis interseccionales pueden dar lugar a alianzas políticas. Como sugirió Kate Hunt en un taller realizado en 2019 en Occidental College sobre “enfoques transversales sobre los derechos humanos”, es precisamente gracias a su atención a la variación que los análisis interseccionales crean oportunidades para formar coaliciones políticas entre personas cuyas circunstancias son similares o cercanas, y no necesariamente idénticas.  

En conclusión, las renovadas posiciones feministas de segunda ola que se expresan en la “Declaración sobre los derechos de la mujer basados en el sexo” son argumentos que se rechazaron en la década de los 1980 por definir con demasiada precisión a las mujeres (como blancas, de clase media, heterosexuales, cisgénero, etc.). Es evidente que solo algunas mujeres se benefician material, simbólica y políticamente de tal exactitud. A diferencia de esta clase de argumentos reduccionistas, las metodologías interseccionales ilustran todas las identidades de género al cuestionar todos los ejes de poder y desigualdad de importancia social. Dicho de otra manera, los métodos interseccionales arrojan luz sobre la variación en el sufrimiento humano, donde el género es solo uno de varios factores que configuran las experiencias de las personas con la violencia; y todas ellas merecen empatía, recursos, defensa y promoción, y soluciones de política. En lugar de borrar a las mujeres, los análisis interseccionales ponen en primer plano sus experiencias con todas sus variaciones, entre otras cosas, a lo largo del espectro del género.

 

ORIGINALLY PUBLISHED: November 9, 2020

Dolores Trevizo es profesora de Sociología en Occidental College, donde también se desempeña como presidenta del programa de Estudios Latina/o/xs y Latinoamericanos. Ha publicado dos libros: Rural Protest in the Making of Democracy in Mexico, 1968-2000 y Neighborhood Poverty and Segregation in the (Re-) Production of Disadvantage: Mexican Immigrant Entrepreneurs in Los Angeles (coautora).


 

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