Con el auge del nacionalismo, ¿aún despiertan el interés de las masas los derechos humanos globales?

Photo:EPA/ISAAC BILLY

Para innumerables ciudadanos del mundo, los derechos humanos se comunicaron como prácticas agradables a las que la gente común podía unirse cada vez que estallara una catástrofe. 


Las organizaciones transnacionales de derechos humanos suponen que a la gente común le importan las personas desconocidas que sufren en la lejanía. Y hay fundamentos que justifican esta fe: las ONG han cultivado esta sensibilidad mediante una generación de campañas de defensa y promoción. Durante momentos intensos de crisis, los públicos masivos en Occidente se han convertido en “grupos de apoyo compasivos”, como señaló Sir Bob Geldof durante el fervor público en torno a la hambruna etíope de 1985; de manera memorable, también surgieron grupos similares para apoyar a Sudáfrica, Somalia, Bosnia y Darfur. Lo anterior fue posible gracias a una traducción de las normas internacionales para llegar a aquellos que están fuera de los círculos diplomáticos, académicos y jurídicos. Hoy en día, a pesar de que el mundo no carece de atrocidades, las movilizaciones a gran escala en torno a temas de derechos humanos parecen ser más escasas que en el pasado, lo que suscita una pregunta crucial: ¿los derechos humanos siguen siendo atractivos para las masas?

La documentación y la elaboración de informes —la estrategia de “denuncia y descrédito”— dependen de que el público crea en los derechos humanos; o al menos, de que exista una aversión general a la brutalidad y la humillación. Las ONG fomentan y desarrollan esta perspectiva para aprovecharla durante las campañas. La aceptación pública de la naturaleza y el significado de los derechos humanos proporciona una base para que las organizaciones puedan hacer exigencias a los funcionarios electos.

Sin embargo, el capitalismo de consumo altera profundamente los fundamentos del activismo transnacional de derechos humanos, lo que reduce su potencial de generar cambios. Después de todo, el neoliberalismo y los derechos humanos surgieron en el mismo momento y se transforman mutuamente con el paso del tiempo: el mercado se convirtió en un espacio para ejercer las inclinaciones morales, y la práctica de los derechos humanos retomó las plataformas comercializadas para fines de defensa y promoción. Las corporaciones adoptan estándares de ciudadanía y producen bienes que son de origen ético, verdes y amigables con los delfines. Y, algo que es emblemático de nuestros tiempos, la defensa de la dignidad se presenta como un pasatiempo cómodo y divertido, que requiere el menor esfuerzo posible de individuos que expresan su preocupación por el bienestar humano, pero solo por un momento.

Atraer a las masas es esencial para el alcance del movimiento transnacional de derechos humanos. Para innumerables ciudadanos del mundo, los derechos humanos se comunicaron como prácticas agradables a las que la gente común podía unirse cada vez que estallara una catástrofe. Esta fórmula ofrecía herramientas sencillas y plataformas accesibles que nunca alteraban el statu quo. La estrategia insistió en que la defensa de los derechos humanos debería ser fácil y agradable, separándola de forma deliberada de sus impulsos más radicales. Las prácticas de defensa y promoción se ajustaban cómodamente a una sociedad mundial estructurada por el capitalismo neoliberal, sin cuestionar las causas fundamentales, desafiar la distribución de los recursos ni resistirse al ejercicio sistémico del poder.

Para innumerables ciudadanos del mundo, los derechos humanos se comunicaron como prácticas agradables a las que la gente común podía unirse cada vez que estallara una catástrofe".

Todos hemos sido testigos de esto, y la mayoría de nosotros también participamos. Los conciertos benéficos, la mercancía, los portavoces famosos, las imágenes explícitas del sufrimiento y la publicidad de marca elevaron y difundieron la noción de preocuparse por los demás. Mediante la implementación de estas tácticas, los derechos humanos adquirieron el estatus de causa mayoritaria, junto con temas como la defensa del medio ambiente y el bienestar animal. Sin embargo, el incipiente despertar que experimenta el público al enterarse de una masacre de civiles o una ciudad sitiada se mercantiliza cuando las ONG presentan oportunidades de participación comercializadas. En lugar de una acción colectiva, la defensa de los derechos humanos es una práctica individualista con características de autocomplacencia. Si las obligaciones morales con estas personas que sufren en la lejanía se satisfacen asistiendo a un festival de música pop o pegando una estampa en nuestro auto, corremos el riesgo de sustituir las acciones reales con acciones aparentes. A pesar de lo rutinarias que se habían vuelto estas fórmulas —crisis, imágenes, campaña, concierto, celebridad, enjuague y repita—, es posible que sean los remanentes de una era que ya quedó atrás.

La globalización nos prometió cosmopolitismo, pero lo que nos dio fue el fundamentalismo de mercado y, con él, profundizó la penetración psicológica del capitalismo de consumo. Estas fuerzas repercutieron sobre el interés de los consumidores por reunirse. Los ataques a las actividades sindicales se convirtieron en piedras angulares de la política pública popular. La avaricia y la acumulación de riqueza se proyectaron como bienes públicos. Esta marea cultural se extendió a través de las sociedades occidentales desde fines de la década de los 1970, lo que generó un entorno inhóspito para el desarrollo de movimientos y el altruismo. Sin embargo, la comunidad global de derechos humanos también floreció durante este periodo, un suceso desconcertante que fue posible al aplicar una nueva capa de barniz a los derechos humanos para que combinaran con los valores ideológicos de la época. Las principales estrategias de defensa y promoción de derechos humanos se diseñaron para adaptarse al neoliberalismo, y no para enfrentarlo.

A medida que los sueños cosmopolitas dan paso a los temores nacionalistas, la globalización se enfrenta a un desafío cada vez mayor. Estas fuerzas se oponen abiertamente a las fronteras porosas, el libre comercio, la integración regional y otras formas de transnacionalismo. En su expresión más reaccionaria, los opositores de la globalización creen que lo internacional ha usurpado la autoridad y pretende anular la soberanía. Esta visión declara la necesidad de reafirmar la autonomía y resistirse a los poderes extranjeros. Para muchos, esto suena sumamente paranoico, pero este sentimiento también se manifiesta en las críticas a los derechos humanos. Incluso antes del Brexit y Trump, ya se habían anticipado propuestas de volver a basar los derechos humanos en el ámbito local y nacional.

La necesidad de alejar los recursos de las grandes ONG transnacionales se debatía en las páginas (web) de OpenGlobalRights desde principios de enero de 2015. Estas críticas sugieren que lo internacional se ha convertido en un gigante colosal con intereses que no son naturalmente compatibles con los intereses generales de la promoción de los derechos humanos: dicta qué temas se convierten en causas, controla el flujo de fondos esenciales y excluye a los defensores de primera línea. Para los movimientos de base, lo internacional muchas veces suena a colonial, ya que representa una fuerza invasora cuya fuente de autoridad se ubica en otra parte; algo antidemocrático, tenebroso, ajeno. De pronto, los observadores de derechos humanos comparten un espacio incómodo con los nacionalistas de derecha.

Alguna vez estuvo de moda manifestar preocupación por el bienestar de otras personas en lugares lejanos, más allá de las fronteras; sin embargo, a medida que los muros se elevan y las sociedades se retraen, la participación ciudadana a nivel mundial bien podría ser la siguiente víctima de este nuevo resurgimiento nacionalista. Para responder a este cambio, no basta con alterar los flujos financieros o abrir oficinas en nuevos países. La comunidad de derechos humanos debe reflexionar a profundidad sobre las relaciones que cultiva con el público y ver a las personas como sujetos, y no solo como objetos hacia los que se dirigen las campañas. Se requieren al menos tres medidas para lograr esto:

  • Tratar a los activistas locales de derechos humanos como agentes de cambio, cultivando directamente sus ideas y respaldando sus prioridades, en lugar de solo asignarles funciones transaccionales.
  • Invertir en infraestructura dedicada a la organización y el desarrollo de movimientos, siguiendo los pasos de los sindicatos u otros ejemplos contemporáneos, como la Border Network for Human Rights.
  • Aprender de los movimientos de base, implementar las lecciones aprendidas y acabar con el modelo de control del acceso.

No es posible obtener victorias en materia de derechos humanos sin una comunidad de personas dispuestas a levantarse de sus sillones e ir más allá de su propia comodidad. Actualmente, la estructura de la comunidad de derechos humanos se orienta en torno a las principales ONG, pero un movimiento global por la dignidad humana debe tener a los seres humanos como su centro. La comunidad de derechos humanos puede fortalecer su base a nivel local y construir un movimiento transnacional desde cero, reconociendo y cultivando la capacidad de acción de cada persona. Esta visión para la comunidad de derechos humanos exige priorizar una estrategia de desarrollo de movimientos que se resista a la mercantilización y rechace la conveniencia que ofrecen las plataformas de consumo masivo.