Repensar el financiamiento de las ONG progresistas en Israel

En armonía con el crecimiento general de las fuerzas políticas populistas y de extrema derecha en todo el mundo desarrollado, Israel lleva casi una década dominado por coaliciones de derecha. Al igual que en otros países, como Turquía y Rusia, al enfrentar una disminución de la popularidad o fracasos en sus políticas, la derecha emprende repetidos esfuerzos para desviar el fuego y dirigirlo hacia las ONG progresistas y de derechos humanos. Enmarcar a estas organizaciones como una quinta columna, después de todo, es matar dos pájaros de un solo tiro. En primer lugar, atribuye la culpa de una realidad inquietante a alguien más en lugar del gobierno. En segundo lugar, obliga a los críticos más acérrimos y profesionales del gobierno (los activistas políticos, académicos y ONG progresistas) a estar a la defensiva, con lo que acallan o frenan a la oposición.

Esta táctica resurgió en Israel recientemente con un proyecto de ley impulsado por una Ministra de Justicia de extrema derecha, la Sra. Ayelet Shaked, la cual exige a las ONG que reciben apoyo de gobiernos extranjeros que informen ese detalle en cada documento público que emitan, y que porten gafetes especiales cuando estén presentes en el Parlamento. Convenientemente, resulta que todas las organizaciones de este tipo son progresistas.

Dejando de lado, por un momento, la veracidad y la importancia de las protestas en contra del proyecto de ley, el debate también ofrece una oportunidad para examinar la filantropía política en Israel en un contexto más amplio, tanto en el pasado como en la actualidad.

Desde finales del siglo XIX en adelante, la filantropía judía desde el extranjero, especialmente los EE. UU., fue esencial para el establecimiento de Israel. Esta tendencia se mantuvo en 1948 y posteriormente, tras el reconocimiento oficial del Estado de Israel. Durante sus primeros años, Israel recibió donaciones equivalentes al 25 % del producto nacional bruto del país en ese momento. Desde aquellos días, el paisaje filantrópico ha cambiado bastante. El presupuesto nacional de Israel ha experimentado un crecimiento considerable, por lo que la proporción de fondos provenientes de las comunidades judías fuera del país ahora es relativamente mucho más pequeña (a pesar de un aumento en la cantidad absoluta de dólares). Al mismo tiempo, comenzó a desarrollarse un proceso paralelo de privatización de la filantropía judía: más y más individuos y fundaciones estadounidenses, e incluso ciertas federaciones, canalizan sus aportaciones directamente a causas y organizaciones específicas en Israel, en vez de enviarlas a través de instituciones sionistas preestatales o estatales.

Las consecuencias de estas tendencias en la filantropía son variadas y considerables. La manera en que se configuró la filantropía israelí en comparación con la filantropía judía de la diáspora es de particular interés. Los israelíes, incluso los más acaudalados, donan mucho menos que sus homólogos judíos extranjeros (tanto en cifras absolutas como relativas). Además, las aportaciones israelíes al trabajo de las ONG políticas son extremadamente infrecuentes. Todos los recaudadores de fondos conocen al puñado de millonarios que hacen donaciones políticas. Sin embargo, yo sostengo que el proyecto de ley diseñado por Shaked al estilo de McCarthy que mencioné antes ofrece una oportunidad para cuestionar esta verdad bien conocida y dar vida a las posibilidades de crecimiento de la filantropía política israelí.


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Political philanthropy is a cultural and communal action, one that, if cultivated properly, could bring about engagement between Israeli society and the human rights community.


En primer lugar, los empresarios políticos israelíes deben aceptar algo que en los EE. UU. es una verdad trivial: que la filantropía es una acción cultural y comunitaria, que puede dar lugar a la participación de una sociedad cuando se cultiva adecuadamente. Como cultura, la filantropía política, por lo tanto, no tiene que comenzar con la clase dirigente ni con los muy ricos. De hecho, es más probable que este sector de la sociedad se una a la tendencia después de que esta se haya establecido en círculos más amplios de las clases media y media-alta. Expresar abiertamente una afinidad política determinada supone un riesgo mucho menor para la clase media en Israel, lo que convierte a este sector en una poderosa base a partir de la cual puede comenzar a crecer una cultura de filantropía.

El objetivo de cultivar una cultura de la filantropía política en Israel no tiene que ser necesariamente la obtención de grandes donaciones.

Por otra parte, el objetivo de cultivar una cultura de la filantropía política en Israel no tiene que ser necesariamente la obtención de grandes donaciones. En un primer momento, el objetivo principal de las organizaciones no lucrativas debería ser la creación de círculos cada vez mayores de donantes, con donaciones individuales anuales de 500 a 1,000 NIS, más o menos equivalentes a de 100 a 250 dólares. La construcción de una base de apoyo de este tipo no sería solamente una medida sensata ante los ataques implacables contra el financiamiento a las ONG de parte de gobiernos extranjeros, sino también tiene el potencial de sanar al lastimado bando liberal israelí, al exhortar a sus integrantes a que apoyen con su dinero los valores, ideales e intereses colectivos que ya comparten.

La consecución de tal cambio en la filantropía liberal israelí exigirá más que la creación de un nuevo fichero de nombres. Para hacer frente a la potencialmente amplia base de partidarios locales de clase media, las ONG liberales israelíes tendrán que crear todo un nuevo lenguaje organizacional. Si bien los donantes judíos estadounidenses suelen responder de manera favorable a los argumentos sobre valores humanistas y judíos, es poco probable que esa clase de lenguaje atraiga la atención de los israelíes acomodados. La cultura organizacional comercial y orientada hacia la tecnología de esta nueva base potencial de donantes liberales exigirá que las ONG expresen sus metas y objetivos a través de planes de trabajo concretos, con puntos de referencia claros y efectos tangibles y mensurables. Para que los donantes israelíes apoyen las organizaciones políticas liberales, se les debe tratar como inversionistas, no como benefactores.

Entonces, ¿vale la pena todo el alboroto?

El inmenso potencial de las donaciones de menor escala se aprovechó durante las elecciones primarias del Partido Laborista del año pasado (2015). En sus respectivas campañas las parlamentarias Stav Shaffir y Shelly Yachimovich recaudaron cientos de miles de shekels de una gran cantidad de pequeños donantes. Este dinero ayudó a ambas parlamentarias de diversas maneras: la primera y más evidente es que recaudaron los fondos necesarios para cubrir los gastos de campaña; en segundo lugar, las donaciones fueron una expresión pública de apoyo popular mucho antes de que se colocaran las urnas; en tercer lugar, las donaciones brindaron una oportunidad para que los partidarios que no son activistas jóvenes que trabajan en el terreno pudieran convertir su apoyo en acciones significativas.

A las ONG liberales y progresistas les vendría bien aprender de Shaffir y Yachimovich. Los beneficios de esta clase de esfuerzo no son solamente económicos: se extienden más allá, a la creación de una atmósfera cultural en la que se percibe a la filantropía como una clase de “cuota de membresía” para quienes pertenecen a un bando político específico y tienen un grupo de convicciones compartidas, con base en las cuales actúan en conjunto.