Un mundo poscovid-19: ¿crisis o bienestar para todas y todos?

Al poner a un lado el miedo mientras salimos de esta pandemia, tendremos espacio para lo que más valoramos de las personas: la empatía, la solidaridad y el apoyo mutuo.



Si sea organizar una cocina comunitaria o realizar talleres de creación de gel antibacterial, las comunidades indígenas en México siguen resistiendo y haciendo valer sus derechos a pesar de la discriminación y exclusión históricas de la que han sido objeto.


Esperanza, una prima migrante, vino hace unos días a nuestra ciudad natal, Oaxaca, México, por unos documentos legales. Cuando viajaba de vuelta a Los Ángeles, me marcó para decirme que, a diferencia de su vuelo de ida, el de regreso estaba abarrotado. “¿En medio de la contingencia?”, pregunté. Sí, pero viene lleno de jovencitos, de ranchitos; van a cruzar al otro lado, dijo. Su respuesta me dejó helado: se trataba de jóvenes indígenas que eran llevados “legalmente” a Estados Unidos para trabajar en la cosecha de manzana y cereza, en un momento en el que ese país acumula el mayor número de contagios por covid-19.

Estaba abrumado, desorientado, en choque. Sin embargo, al instante me di cuenta de que muchas cosas tenían sentido. Estados Unidos explota a las y los jornaleros agrícolas bajo un programa de visado que, pese a ser oficial, favorece el abuso. Se trata de una forma de esclavitud moderna que existe desde 1986. ¿Por qué las cosas habrían de ser diferentes ahora?

El brote de coronavirus es la última —quizás la más profunda y tangible— muestra de un sistema social injusto que se beneficia de la necesidad, la vulnerabilidad y la emergencia. Lo que Esperanza vio en ese avión fue la profundización del racismo, el clasismo y la discriminación de género de los que nos valemos para mantener este sistema a flote en situaciones de crisis.

Se trata de una tendencia que ya he visto en mi trabajo como abogado de derechos humanos, donde otra crisis —la climática— está siendo aprovechada por las empresas para aumentar sus ganacias a costa de pueblos y comunidades indígenas: bajo el estandarte de la transición energética, empresas transacionales instalan parques eólicos y violentan los derechos de pueblos indígenas en el sur de México, para generar electricidad que ni siquiera es para esas comunidades, sino para otras grandes empresas. Es una energía verde racializada y convertida en un nuevo campo para el extractivismo.

Si, como vemos, este sistema instrumentaliza periodos de crisis para imponer políticas que derogan libertades y profundizan la desigualdad, bien podríamos anticipar qué sucederá tras la pandemia.

Si quienes han sido marginados por el sistema económico ejercen su agencia, quienes trabajamos en ONG tenemos la doble responsabilidad de reinventarnos para hacer más estratégica y legítima nuestra tarea.

Sin embargo, es justamente por eso que esta contingencia representa una pequeña ventana temporal para empujar cambios profundos en el actual sistema global de poder. Es cierto que los cambios estructurales no ocurren de la noche a la mañana, pero lo que hagamos bien hoy impactará en el mediano y largo plazo. No actuar implicaría correr el grave riesgo de que otros aprovechen este momento para decidir libremente los costos que todos tendremos que asumir, y que los saldos de la peor crisis económica reciente sean pagados incluso por quienes jamás han sido beneficiados, sino utilizados por el poder económico.

¿Qué se puede hacer? Aunque no tengo todas las respuestas para una situación tan compleja, quisiera enfocarme en quienes, si pueden leer lo que ahora escribo, están ya en una situación de privilegio.

Pienso que la clave para generar un cambio sistémico reside en nuestra agencia moral y política: es esencial reconocer nuestras capacidades para discernir sobre el bien, para actuar e influir positivamente en cambios transformativos. Pero también lo es reconocer que los grandes cambios se forjan desde abajo y colectivamente. A partir de esas bases, creo que podemos bosquejar un plan de acción.

Lo primero es dejar atrás el miedo. El miedo lleva a la inacción y puede ser usado ventajosamente por gobiernos y corporaciones en contra de nosotros y nuestos derechos. Tambien puede derivar en el odio y la violencia racial, de clase y de género con los que intentamos encontrar culpables (el virus “chino”, los inmigrantes, el personal médico). Hacer a un lado el miedo nos permite dar paso a lo que más valoramos en las personas: la empatía, la solidaridad y el apoyo mutuo. Quitarnos el miedo implica asumirnos como agentes morales, capaces de pensar no sólo en nuestro bienestar, sino en el de los demás.

Este cambio no es espontáneo conlleva reconocer las relaciones de poder bajo las que vivimos. Si admitimos nuestro privilegio, debemos aprovecharlo para identificar las necesidades de los otros, para buscar y propiciar oportunidades de apoyo y facilitar el acceso a recursos o espacios a los que seguramente otras personas no pueden acceder. También nos permite trabajar colectivamente en la búsqueda de soluciones.

La solidaridad construye comunidades resilientes: vínculos sociales que buscan disminuir nuestras desigualdades materiales, pero que también son capaces de exigir de otros inclusión, cobertura, acceso. Nuestra agencia política permite identificarnos como sujetos de derechos, que podemos exigir cuentas a quienes tienen el deber y la responsabilidad de protegerlos y respetarlos: los gobiernos y las empresas.

Quitarnos el miedo implica asumirnos como agentes morales, capaces de pensar no sólo en nuestro bienestar, sino en el de los demás.

Lo que propongo no es un curso de motivación. Es lo que he aprendido trabajando junto a comunidades indígenas en México. A pesar de la discriminación y exclusión históricas de la que han sido objeto, las comunidades indígenas son capaces de resistir y hacer valer sus derechos, al tiempo que en momentos difíciles sus mujeres se organizan para dar alimento a personas afectadas por un terremoto, o enseñan a elaborar gel antibacterial casero en medio de la pandemia.

Si quienes han sido marginados por el sistema económico ejercen su agencia, quienes trabajamos en ONG tenemos la doble responsabilidad de reinventarnos para hacer más estratégica y legítima nuestra tarea. Debemos pensar en estrategias que resuelvan las necesidades concretas de las comunidades, pero que también abonen a cambios estructurales en los países en los que trabajamos.

Ahora más que nunca, pensemos en grande: la covid-19 ha puesto en evidencia la interdependencia e indivisibilidad de los derechos; nuestros casos deben asumir una mirada cada vez más holística, que procure un mayor acceso a los derechos económicos y sociales.

También es ineludible trabajar colectivamente, a nivel local y transnacional. Mientras que la dicotomía sur-norte global es útil para visibilizar nuestras diferencias de poder, las ONG debemos trabajar en búsqueda de colaboraciones transnacionales genuinas que permitan la rendición de cuentas de Estados y empresas a las violaciones de derechos humanos.

En fin, se requiere direccionar de manera efectiva la financiación adecuada para cumplir con estas tareas. La transición de financiamiento con base en proyectos a una financiación general debe ser seriamente analizada por los donatarios; muchas organizaciones requieren estabilidad financiera para asegurar un trabajo profundo.

El camino hacia un mundo distinto tras la pandemia suena utópico; pero no lo es. De regreso a EEUU, Esperanza ya trabaja activamente en su comunidad para buscar ayuda económica y legal para uno de los jóvenes jornaleros que conoció en su trayecto. El chiste es atreverse a dar el salto.

 

ORIGINALLY PUBLISHED: July 7, 2020

Guillermo Torres es abogado sénior en la ONG Mexicana ProDESC, donde trabaja con comunidades agrarias e indígenas, así como colectivos de trabajadores, en la búsqueda de acceso a la justicia, reparación, rendición de cuentas corporativa y el disfrute de los derechos económicos, sociales y culturales.


 

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