Ahora hay un consenso en el movimiento de derechos humanos: no se puede seguir como hasta ahora.
El mundo se encuentra en un punto de inflexión. Las estrategias tradicionales se tambalean ante los conflictos armados, la creciente desigualdad, el retroceso de la democracia, la crisis climática y los rápidos cambios tecnológicos. Al mismo tiempo, la confianza en los valores democráticos y de derechos humanos se va desvaneciendo, las instituciones multilaterales se debilitan y las violaciones graves quedan impunes. Para muchas organizaciones de derechos humanos, los recortes sin precedentes en la ayuda exterior y la contracción del sector filantrópico agravan estas crisis.
Estas presiones no son abstractas. Determinan las decisiones diarias sobre dónde centrar los esfuerzos, cómo sobrevivir y cómo será el movimiento de derechos humanos en los próximos años. Este es el contexto en el que la Red Internacional de Organizaciones de Libertades Civiles (INCLO), que reúne a 16 organizaciones nacionales de derechos humanos y libertades civiles del Sur y del Norte globales, convocó a sus miembros y aliados para una serie de conversaciones francas. El informe resultante, Hard Conversations for the Future of Human Rights, recoge algunos de los dilemas más urgentes a los que se enfrenta el movimiento hoy en día.
Si no nos paramos a reflexionar colectivamente, a cuestionar nuestras propias suposiciones y a adaptarnos a los cambios globales, corremos el riesgo de quedarnos obsoletos en un momento en el que la protección de los derechos es más necesaria que nunca.
Un sistema en crisis, y preguntas difíciles sobre dónde reside el poder
Uno de los mensajes más claros que surgió de estas conversaciones es que el sistema internacional de derechos humanos está en crisis. Conflictos como la guerra en Ucrania y la devastación en Gaza han puesto al descubierto los límites de los mecanismos internacionales de rendición de cuentas. La geopolítica, la aplicación selectiva de la ley y los dobles raseros a menudo paralizan a las instituciones destinadas a defender el derecho internacional.
En algunos casos, los Estados poderosos han socavado activamente estos sistemas. Estados Unidos, por ejemplo, ha impuesto sanciones que han debilitado a la Corte Penal Internacional y restringido el trabajo de las organizaciones de la sociedad civil palestina. Estas medidas no solo perjudican a sus supuestos objetivos. Al dar a entender que la rendición de cuentas solo se aplica a algunos, también obstaculizan la defensa jurídica a nivel mundial, aíslan a los defensores de los derechos humanos y debilitan las instituciones multilaterales.
Esta realidad plantea una pregunta incómoda: ¿en qué debería invertir ahora su energía el movimiento? ¿Deberían las organizaciones seguir participando en mecanismos internacionales y regionales cada vez más ineficaces? ¿O deberían redirigir sus esfuerzos hacia las luchas nacionales y locales, donde el impacto puede ser más inmediato?
Para Paula Litvachky, del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) de Argentina, la respuesta está en reconocer dónde reside el poder en última instancia. El cambio, argumenta, viene de la gente: de su movilización, de la organización de base y de la construcción de comunidades. A medida que las reglas del orden posterior a la Segunda Guerra Mundial cambian y se fragmentan, las organizaciones nacionales aún pueden utilizar los mecanismos internacionales de forma táctica, pero deben esforzarse por construir desde abajo y apoyar a quienes luchan contra la injusticia. En muchos sentidos, esta organización social y política supone un retorno a los orígenes del movimiento.
Repensar la sostenibilidad en un panorama de financiación cada vez más reducido
Estos debates estratégicos son inseparables de una crisis paralela en la financiación. Las organizaciones de derechos humanos de todo el mundo se enfrentan a una reducción de recursos, a restricciones cada vez mayores en la financiación transfronteriza y a una dependencia continua de un pequeño número de donantes, especialmente en Estados Unidos.
Nicolette Naylor, experta en sostenibilidad de Ubuntu Global Philanthropy & Gender Justice Consulting, sostiene que este momento exige un replanteamiento fundamental de la financiación del movimiento. La dependencia excesiva de los donantes estadounidenses expone a las organizaciones a riesgos políticos, restricciones legales y prioridades de los donantes que no se ajustan a las realidades locales. También socava la autonomía.
La alternativa, sugiere, pasa por construir bases de financiación locales sólidas, arraigadas en los collectivos nacionales, complementadas —no sustituidas— por la solidaridad internacional. Esto requiere afrontar verdades incómodas sobre cómo ha funcionado la filantropía, qué ha fallado y a qué voces se ha dado prioridad. Aunque difícil, este cambio podría, en última instancia, reforzar la legitimidad y la resiliencia del movimiento de derechos humanos.
Asumir nuestro papel como actores políticos
Una conexión más fuerte con las comunidades locales también requiere una mayor claridad sobre cómo funciona la defensa de los derechos en la práctica. Como dice Dalma Dojcsák de la Unión Húngara de Libertades Civiles (HCLU), las organizaciones de derechos humanos son actores políticos que realizan trabajo político, incluso cuando no están alineadas con ningún partido.
Esto no significa abandonar los principios de independencia. Significa reconocer que los derechos se hacen valer a través del poder construido por personas que se organizan para exigir un cambio. También significa usar un lenguaje que resuene más allá de los círculos activistas y deje claro que los derechos humanos no son ideales abstractos, sino herramientas prácticas que mejoran la vida cotidiana.
Salir de las cámaras de eco y llegar al «centro persuadible»
Muchas organizaciones se han vuelto muy eficaces a la hora de comunicarse dentro de sus propias comunidades, pero tienen una capacidad limitada para llegar a quienes están fuera de ellas. Akiko Hart, de Liberty en el Reino Unido, advierte que este enfoque hacia dentro limita el impacto. Si los derechos humanos quieren recuperar un apoyo público más amplio, las organizaciones deben involucrar al «centro persuadible»: personas que no son hostiles ni están profundamente comprometidas con los derechos.
Para ello, hay que ir más allá de la validación dentro del grupo y la jerga de las ONG, y conectar los derechos con la dignidad, la equidad, la seguridad y otras preocupaciones ampliamente compartidas. También requiere escuchar: no solo difundir mensajes, sino también entender por qué existe el escepticismo y responder a él con seriedad.
La necesidad de un «espacio de tranquilidad»
Todo esto lleva tiempo, algo de lo que muchas organizaciones ya carecen. Los contextos represivos o impulsados por crisis suelen dejar al personal demasiado ocupado respondiendo a amenazas urgentes como para planificar el futuro. Hossam Bahgat, de la Iniciativa Egipcia para los Derechos Personales (EIPR), describe la necesidad de una «sala tranquila»: un espacio protegido para el pensamiento a largo plazo, la reconstrucción estratégica y la imaginación colectiva.
Sin ese espacio, la sostenibilidad financiera, organizativa y emocional es imposible. Aumenta el agotamiento, la innovación se estanca y los movimientos siguen siendo reactivos en lugar de proactivos.
Crear espacio para conversaciones difíciles
En este sentido, Hard Conversations for the Future of Human Rights es un intento de crear una «sala tranquila» a nivel del movimiento. No ofrece respuestas fáciles. En cambio, saca a la luz dilemas compartidos e invita a debates más profundos sobre el poder, la financiación, la identidad y la estrategia en un momento de profundos cambios globales.
Esas conversaciones son incómodas, pero inevitables. Afrontar estas cuestiones de forma abierta, colectiva y honesta brinda la oportunidad no solo de sobrevivir a este momento, sino también de salir adelante con un propósito renovado.
El trabajo continúa: en los tribunales y las comunidades, en las calles y las aulas, a nivel nacional y local. Pero el futuro de los derechos humanos dependerá de si el movimiento es capaz de adaptarse, escuchar e imaginar juntos nuevos caminos hacia adelante.