Año nuevo, ¿narrativas de derechos humanos nuevas?

La comunidad de derechos humanos cada vez está más entusiasmada con la creación de nuevas narrativas para generar apoyo público para los derechos humanos. Pero crear nuevas narrativas abarca más que el lenguaje y el encuadre.
 


By: James Logan
January 11, 2019

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​Un grupo de mujeres se reúne para escuchar la radio en la comunidad de Rwamutonga en el noroeste de Uganda, donde la estación de radio local contribuyó de forma decisiva para que la comunidad recuperara sus tierras después de que se vendieron ilegalmente para el desarrollo petrolero. ​Photo: Robert Mentov, the Fund for Global Human Rights. (All rights reserved)


Ahora que entramos al 2019, se ha producido un estallido de discusiones dentro de la comunidad de derechos humanos sobre la necesidad de nuevas narrativas que generen apoyo público para los derechos humanos. Mientras que el movimiento de derechos humanos se enfrenta al auge del populismo autoritario, mayores restricciones a la sociedad civil y la reducción del apoyo al derecho internacional, cada vez es más importante ganarse las “mentes y los corazones” de las personas. Las narrativas se han convertido en una solución popular para lograrlo. Hemos pasado de una situación en la que la comunicación estratégica se pasaba por alto y no recibía los fondos suficientes a una en la que conceptos como la creación de narrativas y los encuadres basados en valores parecen omnipresentes en las conferencias, artículos y convocatorias de financiamiento.

Mientras nos apresuramos a aceptar las promesas de la comunicación estratégica, podemos extraer valiosas lecciones de los esfuerzos anteriores para generar apoyo público para los derechos humanos, como la Thomas Paine Initiative en el Reino Unido. La más importante de ellas es que conseguir el apoyo del público no se trata simplemente de cambiar nuestro lenguaje y la manera en que hablamos sobre los derechos humanos. También importan las cuestiones de quién está hablando, de qué está hablando y dónde ocurre la conversación. Si la comunidad de derechos humanos se centra únicamente en asuntos técnicos en torno al encuadre que usamos y cómo presentamos nuestros argumentos, dejaremos de lado los cambios más profundos que se requieren para generar apoyo público. Entonces, el peligro es que terminemos con una colección de iniciativas de comunicación superficiales y sin éxito.

Sobre la cuestión de quién está hablando: las voces dominantes en el movimiento por los derechos humanos suelen ser ONG internacionales con sede en el Norte global y agrupaciones nacionales con sede en las ciudades capitales, las cuales se centran en estrategias jurídicas o activismo “desde arriba”. Esto ha creado la percepción (que los líderes populistas fomentan activamente) de que las agrupaciones de derechos humanos son parte de una “élite” que pretende hacer avanzar intereses que no tienen que ver con las prioridades de las personas “comunes”. Koldo Casla, al escribir sobre las dificultades que enfrenta la comunidad de derechos humanos del Reino Unido para llegar al público, reconoce este reto y afirma: “El problema no es la manera en que hablan los activistas de derechos humanos. El problema es quiénes somos”.

Este reconocimiento ha llevado a que algunas campañas de derechos humanos utilicen “portavoces inesperados”, individuos que no pertenecen al movimiento y gozan de mayor credibilidad entre el público meta. Si bien esto puede funcionar en el corto plazo, es una estrategia que solo trata los síntomas y no el problema más profundo: la falta de confianza en las organizaciones de derechos humanos que están detrás de estas campañas. Una estrategia de largo plazo más eficaz está en consonancia con el reciente llamado de Mona Younis a que las agrupaciones de derechos humanos inviertan más en llegar al público y movilizarlo. También requiere la creación “desde abajo” de movimientos más inclusivos junto con actores nuevos, como las organizaciones comunitarias, los artistas y los movimientos de jóvenes. Esto implica algo más que tan solo asociarse públicamente con los actores nuevos; la comunidad de derechos humanos también tiene que adoptar sus agendas y formar relaciones más profundas y recíprocas.

En Honduras, por ejemplo, el Fondo para los Derechos Humanos Mundiales (el Fondo) apoya a Periodismo y Democracia, una organización que trabaja para proteger y promover la libertad de expresión en todo el país. Aunque la organización inicialmente se propuso apoyar a los periodistas y los medios de comunicación independientes, su trabajo se ha ampliado para también brindar asistencia legal a estudiantes universitarios y grupos que han sufrido ataques recientes a sus derechos de reunión pacífica y libertad de expresión. A través de esta y otras alianzas, los grupos estudiantiles se están involucrando más ampliamente en la lucha por la libertad de expresión y se han convertido en voceros de la causa, lo que ayuda a alcanzar nuevas comunidades y desarrollar un movimiento más poderoso a favor de la libertad de expresión.

El tipo de trabajo que realiza el movimiento de derechos humanos en un país también es un factor clave para generar apoyo público para los derechos humanos. Es importante preguntarse en qué medida se están encarando temas de derechos humanos que afectan a un público más diverso.

Las agrupaciones de derechos humanos siempre tendrán que enfrentar las violaciones que afectan a las comunidades marginadas cuyos derechos están en mayor riesgo; sin embargo, descuidar los temas que conciernen a grandes sectores del público ha causado que muchas personas piensen que los derechos humanos no son relevantes para sus vidas cotidianas y que solo existen para proteger a las personas marginadas. El concepto de derechos humanos pierde apoyo cuando solo se menciona en relación con las violaciones más graves de derechos y no con respecto a los problemas que el público enfrenta con mayor frecuencia. Por ejemplo, en el Reino Unido, cuestiones como la tortura o la detención arbitraria están muy alejadas de la experiencia de muchas personas, mientras que el maltrato en los asilos o el hecho de que el gobierno no proporcione una vivienda adecuada son más pertinentes para la vida diaria de las personas.

Con esto no pretendo sugerir que las organizaciones de derechos humanos den la espalda a las violaciones más graves; más bien, quiero señalar que cualquier persona que esté interesada en generar apoyo público para los derechos humanos debe analizar si se ha hecho lo suficiente para responder a las cuestiones “básicas” que afectan a una gran porción del público de su país. La labor que realiza Equally Ours para respaldar y presentar ejemplos de cómo los derechos humanos benefician a todas las personas en el Reino Unido es un buen ejemplo de esto.

Este tampoco es un esfuerzo por renovar el debate eterno sobre el valor de los derechos civiles y políticos frente a los derechos económicos y sociales. Pero sí demuestra el valor de las agrupaciones de derechos humanos, como las que apoya el Fondo, que son capaces de ampliar su enfoque y desarrollar sus agendas con base en las prioridades de sus comunidades. Los donantes desempeñan una función esencial para garantizar que se atiendan las necesidades locales al invertir en el trabajo de organizaciones con raíces locales y confiar en los líderes comunitarios para que establezcan su propia dirección. Con demasiada frecuencia, los intereses de los financiadores de derechos humanos han determinado estas prioridades, desde lejos, en lugar de que lo hagan las comunidades locales.

Por último, también es fundamental preguntarse dónde están ocurriendo las conversaciones sobre los derechos humanos. Usualmente, los movimientos de derechos humanos son más fuertes en las ciudades capitales. En el Reino Unido, al movimiento de derechos humanos se le ha dificultado llegar a las comunidades fuera de Londres y convertirse en parte activa de las conversaciones en las ciudades y pueblos más pequeños. Esta distancia con respecto a los problemas a nivel local no solo ha contribuido a las percepciones de la comunidad de derechos humanos como una élite metropolitana, sino también es una oportunidad perdida de involucrar a más personas en una escala más amplia y “hacer que los derechos sean reales” para estas comunidades. Annabel Short escribió sobre las oportunidades que se presentan cuando los activistas concentran sus esfuerzos a nivel de las ciudades en lugar de a nivel nacional; lo mismo se aplica a los pueblos y aldeas.

Muchos integrantes del movimiento de derechos humanos han resuelto tomar en serio la opinión pública y centrarse en el cambio de narrativa; y ya se habían tardado en hacerlo. En el Fondo, junto con JustLabs, también estamos invirtiendo en los esfuerzos de los actores de la sociedad civil para explorar cuáles podrían ser las estrategias narrativas más eficaces y desarrollar nuevas narrativas con base en ellas. Pero, conforme avanza el 2019, debemos recordar que los esfuerzos por generar apoyo público no tendrán éxito mediante campañas únicas o cambios estéticos. Se requiere un reconocimiento más profundo de las relaciones de poder que dan forma a las percepciones y visiones del mundo de las personas. También se requieren esfuerzos a más largo plazo para: incorporar nuevos actores a los movimientos de derechos humanos, enfrentar los problemas que las comunidades perciben como prioridad y enfatizar las acciones a nivel local. Si falta lo anterior, comenzaremos el próximo año en la misma situación en la que comenzamos este.


James Logan es el director europeo del Fondo para los Derechos Humanos Mundiales. Anteriormente, trabajó con la Iniciativa de Derechos Humanos de OSF, la Oak Foundation y Amnistía Internacional y fue el primer presidente de la Thomas Paine Initiative, un esfuerzo de colaboración entre donantes con el objetivo de generar apoyo para los derechos humanos entre el público británico.


 

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